Ofrecemos el relato de Homero, Odisea, libro VIII, versos 266 – 369.
Entonces Demódoco, tocando la lira, se lanzó a cantar bellamente acerca del amor de Ares y de Afrodita de hermosa
corona, cómo en cierta ocasión se unieron amorosamente a escondidas en la morada de Hefesto, en secreto.
Ares le dio muchos regalos y deshonró el matrimonio y el lecho del soberano Hefesto. Pero pronto acudió a él como mensajero Helios, que los había visto
unirse en amor.
Conque, en cuanto Hefesto escuchó la amarga noticia, marchó hacia su fragua maquinando venganza en su interior. Colocó sobre
el tajo un gran yunque y martilleó unas ataduras irrompibles,
inquebrantables, para que resistieran firmemente.
Luego, cuando ya había construido su trampa, Hefesto, enfurecido contra Ares, se dirigió hacia su dormitorio, donde estaba su propio lecho. Y allí colocó las ataduras con sus lazos por un lado y otro en círculo, como ligeros hilos de araña, que nadie pudiera ver, ni siquiera los dioses felices. Así alrededor del techo quedó fijada la trampa.
Luego, después de que hubo tendido la trampa alrededor de la cama, simuló que se iba hacia Lemnos, ciudad bien edificada, que le es con mucho la más querida de todas.
No tenía un ciego espionaje Ares, el de las riendas de oro, pues vio marcharse a lo lejos a Hefesto, el ilustre artesano. Ares echó a andar hacia la casa del muy ilustre Hefesto deseando el amor de Citerea, la diosa
de la hermosa corona. Estaba ella sentada; acababa
de venir de junto a su padre Zeus, el poderoso hijo de Crono.
Ares entró en la casa, tomó a
Afrodita de la mano, le habló y la llamó por su nombre: “Ven, querida, vayamos a la cama a acostarnos, pues Hefesto no está aquí, pues se ha marchado a Lemnos, junto a los sintias, de lengua incomprensible”.
Así habló y a ella sintió grandes deseos de acostarse. Ambos marcharon a la cama y se acostaron. Pero por un lado y por otro los envolvieron los lazos fabricados por el astuto Hefesto y no les era
posible moverse en ningún sentido ni tampoco levantarse. Y entonces se dieron cuenta de que no
había escapatoria posible.
Con rápido regreso se aproximó a ellos de nuevo Hefesto, el muy ilustre patizambo, que se había dado la vuelta antes de llegar a la tierra de Lemnos. Porque Helios, que vigilaba, le contó la noticia. Hefesto echó a andar hacia su casa, muy irritado en su corazón. Se detuvo en el atrio, mientras se apoderaba de él un furor salvaje. Y gritó de manera terrible, y llamaba a todos los dioses:
“Zeus Padre y los demás dioses
felices que vivís eternamente, acudid a contemplar un suceso ridículo e indecente: cómo Afrodita, la hija de Zeus, me deshonra continuamente porque
soy cojo y se entrega amorosamente al pernicioso Ares; él es hermoso y de buenas piernas, mientras que yo quedé lisiado. Pero de eso no soy culpable en nada,
sino mis dos padres, que ojalá no me hubieran engendrado. Pero venid a verlos, cómo ambos están acostados en abrazo amoroso, metidos en mi propia cama. Los veo y me lleno de
dolor, pues nunca esperé que fueran a unirse así por mucho que se amaran. ¡Pero pronto no querrán dormir juntos! Pues los retendrán a los dos la trampa y las ataduras, hasta que su padre me devuelva mis regalos de boda, todo cuanto ofrecí por su hija, la de cara de perra, porque es tan bella como desvergonzada”.
Así habló y los dioses se reunieron en la casa de piso de bronce. Llegó Poseidón, el que abraza la tierra;
llegó el muy artero, Hermes, y llegó el soberano Apolo, certero flechador. Pero las diosas, por vergüenza, se quedaban en casa.
| Marte y Venus (Antonio Canova) |
Se situaron los dioses, dadores de
bienes, junto al atrio y se les levantó una risa inextinguible al ver la artimaña del muy sagaz Hefesto. Así comentó, al verlo, un dios al que tenía al lado: “No
salen bien las malas acciones. El lento alcanza al veloz. Así ahora Hefesto,
que es lento, ha atrapado a Ares, que es el más veloz
de los dioses que habitan el Olimpo; siendo cojo, lo atrapó con sus artes. Y Ares debe pagar la multa por
adulterio”.
De tal modo ellos hablaban unos con otros. Y el
soberano Apolo, hijo de Zeus, le dijo a Hermes: “Hermes, hijo de Zeus,
mensajero, dador de bienes, ¿te gustaría dormir en la cama junto a la dorada Afrodita
sujeto por fuertes ataduras?”
Y le contestó Hermes, el mensajero
Argifonte: “¡Ojalá sucediera eso, soberano arquero Apolo!
¡Que me sujetaran ataduras, tres veces más irrompibles que esas, y lo vierais vosotros los dioses y todas las diosas, mientras yo yaciera al lado de la dorada Afrodita!”
Así dijo y rompieron a reír los
inmortales dioses. Pero Poseidón no se reía y no le dejaba de pedir al ingenioso Hefesto que liberara a Ares. Y le habló y le dirigió estas aladas
palabras: “Suéltalo y te prometo, como ordenas, que te pagaré todo lo que es
justo entre los dioses inmortales”.
Y le contestó Hefesto, ilustre
patizambo: “No, no me ordenes eso, Poseidón, agitador de la tierra. Las fianzas
que se toman de la gente sin valor quedan sin valor. ¿Cómo voy yo a sujetarte a ti entre los dioses inmortales, si Ares se escapara una vez liberado del apuro y de la trampa?”
Y le respondió Poseidón, el que
sacude la tierra: “Hefesto, si acaso Ares, al verse libre de su apuro, escapa y huye, yo mismo te pagaré por esto”.
Y le contestó Hefesto, el ilustre
patizambo: “No es posible ni está bien rechazar tu palabra”. Después de tales palabras, el vigoroso Hefesto empezó a soltar los lazos. Los dos, apenas se libraron de su atadura, que era muy firme, en seguida partieron. Ares se encaminaba a Tracia, mientras que Afrodita, amante de la risa, se llegaba a Pafos, donde tiene un santuario y un altar perfumado. Allí la lavaron las Gracias y la ungieron con un óleo divino, como el que suelen usar los dioses que viven para siempre, y la vistieron con ropas seductoras, maravilla de ver.
(Trad. de Carlos García Gual, Alianza Editorial, Madrid, 2004; con modificaciones)