domingo, 1 de febrero de 2026

LA CAÍDA DE TROYA

 Se ofrece el relato de Apolodoro (siglo I o II d. C.) en su Biblioteca mitológica (Epítomes V y VI 5-6)

Filoctetes y el arco de Heracles

La guerra duraba ya diez años y los helenos estaban desalentados. Calcante les predijo que no podrían tomar Troya de ninguna manera si no lograban el apoyo del arco y de las flechas de Heracles. Después de oír esto, Odiseo se fue junto con Diomedes a Lemnos ante Filoctetes. Odiseo se apoderó del arco y de las flechas mediante un engaño y convenció a Filoctetes para que navegara a Troya. 

Cuando Filoctetes llegó a Troya, fue curado por Podalirio y disparó contra Alejandro. Una vez muerto este, Héleno y Deífobo disputaron por casarse con Helena: el elegido fue Deífobo. Héleno abandonó Troya y vivió en el monte Ida.




Las profecías de Héleno

Calcante dijo también que Héleno conocía los oráculos que protegían a la ciudad de Troya. Odiseo le tendió una emboscada a Héleno, lo capturó y lo llevó al campamento. Entonces Héleno, obligado, confesó cómo podría tomarse Troya: en primer lugar, si se traían los huesos de Pélope; después si Neoptólemo se incorporaba a la guerra; en tercer lugar, si se robaba el Paladio, caído del cielo. Estando el Paladio dentro, no se podría tomar la ciudad.

Oído esto, los helenos hicieron transportar los huesos de Pélope. También enviaron a Odiseo y a Fénix a Esciros ante Licomedes, a quien convencieron para que cediese a Neoptólemo. Cuando este llegó al campamento, después de recibir la armadura de su padre espontáneamente a manos de  Odiseo, mató a muchos troyanos. Más tarde llegó Eurípilo, el hijo de Télefo, como aliado de los troyanos, conduciendo grandes tropas de los misios. También a este, que hacía proezas, le dio muerte Neoptólemo.

Por otra parte, Odiseo junto con Diomedes fue de noche a la ciudad. Dejó allí esperando a Diomedes y él, camuflado y vestido con ropas de pobre, entró en la ciudad como un mendigo desconocido. Pero fue reconocido por Helena y, gracias a ella, robó el Paladio, mató a muchos vigilantes y volvió a las naves con Diomedes.

El gran caballo de madera

Posteriormente Odiseo ideó la construcción de un caballo de madera y se lo hizo concebir a Epeo, que era constructor. Este cortó madera del monte Ida y construyó el caballo, hueco por dentro y con aberturas por los lados. Odiseo convenció a los cincuenta más valientes o a tres mil, como cuenta el autor de la Pequeña Ilíada, de entrar en él. A los demás, en cambio, les ordenó que, después de pegar fuego a las tiendas y de hacerse a la mar, se quedaran anclados en torno a la isla de Ténedos y que, pasada la siguiente noche, navegaran de nuevo a la costa de Troya.

Obedecieron e hicieron entrar en el caballo a los más valientes, después de nombrar capitán a Odiseo, y grabaron una inscripción que decía: "LOS HELENOS DEDICAN A ATENEA ESTE TESTIMONIO DE RECONOCIMIENTO POR SU REGRESO A CASA". Después pegaron ellos mismos fuego a las tiendas y abandonaron allí a Sinón, que era quien debía encender una señal luminosa. Se hicieron a la mar por la noche y quedaron anclados en torno a la isla de Ténedos.




Cuando se hizo de día, los troyanos contemplaron el campamento de los helenos desierto. Creyendo que habían huido, arrastraron el caballo llenos de alegría, lo colocaron ante el palacio de Príamo y empezaron a deliberar qué hacer con él. Al decir Casandra que dentro había una fuerza armada y además al ratificarlo Laoconte el adivino, a unos les pareció mejor quemarlo, a otros arrojarlo a un acantilado. Sin embargo, la opinión de la mayoría fue conservarlo intacto como una ofrenda a los dioses: celebraron un sacrificio y un banquete.

Con todo, Apolo les envió una señal: dos serpientes atravesaron a nado el mar desde las islas cercanas y devoraron a los hijos de Laoconte.

Cuando se hizo de noche y el sueño se apoderó de todos, los helenos volvieron a la costa de Troya desde Ténedos y Sinón, desde la tumba de Aquiles, les encendió una señal luminosa.

Pero, en esto, Helena fue alrededor del caballo e, imitando las voces de las mujeres de cada uno de los guerreros, los llamaba: cuando Anticlo quiso responder, Odiseo le tapó la boca. Cuando consideraron que los troyanos ya estarían durmiendo, abrieron el caballo y salieron con las armas. El primero en salir, Equión, hijo de Porteo, se mató al saltar. Los demás se descolgaron por una cuerda y, subidos a las murallas, encendieron una señal ; a continuación abrieron las puertas para recibir a los que habían venido por mar desde Ténedos.

Toma de Troya

Los helenos avanzaron con las armas preparadas hacia la ciudad y, entrando en las casas, iban matando a los que dormían. Neoptólemo mató a Príamo, que se había refugiado en el altar de Zeus Protector. Odiseo y Menelao salvaron armas en mano a Glauco, reconociéndolo cuando huía hacia su casa. Eneas, el hijo de Anquises, puso sobre sus hombros a su padre y escapó, pues los helenos lo dejaron marchar sano y salvo por su piedad. Menelao mató a Deífobo y llevó a Helena hacia las naves. Los hijos de Teseo, Demofonte y Acamante, (pues dicen que estos vinieron más tarde a Troya) se llevaron también a Etra, la madre de Teseo. Áyax el locro, viendo a Casandra abrazada a una estatua de madera de Atenea, la violó; por ello esa estatua mira al cielo.




Después de matar a los troyanos, incendiaron la ciudad y se repartieron el botín. Ofrecieron sacrificios a todos los dioses. Arrojaron desde una torre a Astianacte y degollaron a Políxena sobre la tumba de Aquiles. Agamenón consiguió por privilegio a Casandra, Neoptólemo a Andrómaca y Odiseo a Hécuba. Aunque, según dicen algunos, fue Héleno quien obtuvo a Hécuba y se fue con ella al Quersoneso: Hécuba se convirtió en perra y Héleno la enterró en un lugar que hoy se llama Sepulcro de la Perra. A Laódice, que sobresalía por su belleza entre las hijas de Príamo, la sepultó la tierra abriéndose a la vista de todos. 

Muerte de Áyax por impiedad

Y cuando iban a hacerse a la mar después de haber saqueado Troya, se vieron retenidos por Calcante, que les dijo que Atenea estaba encolerizada por la impiedad de Áyax y que, por tanto, debían matarlo. Pero Áyax se refugió en el altar y entonces lo dejaron sano y salvo. [...]

Agamenón, tras hacer un sacrificio, se hizo a la mar y arribó a Ténedos. Pero allí se presentó Tetis y convenció a Neoptólemo para que esperase dos días más y entonces hiciese un sacrificio, y Neoptólemo esperó. Pero los que se hicieron a la mar sufrieron una tempestad a la altura de Tenos, pues Atenea le había rogado a Zeus que enviase una tormenta contra los helenos. Se hundieron muchas naves.

Atenea lanzó un rayo contra la nave de Áyax y la deshizo. Áyax se salvó sobre una roca y dijo que se había salvado a pesar del propósito de la diosa. Entonces Posidón golpeó la roca con el tridente y la partió: Áyax cayó al mar y murió. Cuando fue llevado a la costa por las olas, Tetis lo enterró en Miconos.

(Traducción de José Calderón Felices, Akal, Torrejón de Ardoz, 1987; con modificaciones)


AQUILES

 Exponemos la narración que se contiene en la Biblioteca mitológica de Apolodoro, autor del siglo I o II d. C. (libro III, 168 - 176; epítomes III, 1; 6; 11; 15; 16 ; 29;  IV, 1; 3; 5; 6 -8; V 1; 3- 7)

Tetis y Peleo

Peleo se casó de nuevo con Tetis, la hija de Nereo. Por casarse con ella habían disputado Zeus y Posidón. Pero cuando Temis vaticinó que el hijo que naciera de Tetis sería más fuerte que su padre, ambos dioses desistieron. En cambio, algunos dicen que cuando Zeus pensaba unirse a ella, Prometeo le anunció que el que naciera de Tetis dominaría el cielo. Finalmente, otros dicen que Tetis no quiso unirse a Zeus porque había sido criada por Hera y que Zeus, irritado, quiso entonces unirla a un mortal.

Quirón le aconsejó a Peleo que atrapara a Tetis y que la sujetara firmemente, aunque cambiase de forma. Peleo la acechó hasta retenerla y, aunque se convertía en fuego, en agua y en fiera, no la soltó hasta que recuperó su forma primitiva.

Así Peleo se casó con Tetis en el monte Pelión y allí los dioses celebraron la boda entre banquetes y canciones. Quirón le regaló a Peleo una lanza de madera de fresno y Posidón le dio los caballos Balio y Janto, que eran inmortales.




Infancia de Aquiles

Cuando Tetis dio a luz un hijo de Peleo, queriendo hacerlo inmortal a escondidas de Peleo, lo metía en el fuego por la noche para destruir la parte mortal que procedía de su padre y de día lo ungía de ambrosía. Pero Peleo la espiaba y, viendo al niño saltar en el fuego, pidió ayuda a gritos. Tetis, al ver que se le impedía realizar su propósito, abandonó al niño, que aún no hablaba, y se fue con las Nereidas.

Peleo le llevó el niño al centauro Quirón, que lo recogió y lo crio con entrañas de leones y de jabalíes, y con médulas de osos, y le dio el nombre de Aquiles, porque no (a-) aplicaba sus labios (kheile) a los pechos. Su nombre anterior era Ligirón. [...]

En la corte de Licomedes

Cuando Aquiles cumplió nueve años, Calcante dijo que no se podría tomar Troya sin Aquiles. Pero Tetis, temiendo que muriera sin remisión si iba a la guerra, lo ocultó con un vestido de mujer y, como si fuera una muchacha, se lo confió al rey Licomedes. Allí fue criado y se unió con Deidamía, la hija de Licomedes, y le nació un niño, Pirro, luego llamado Neoptólemo.

En la Guerra de Troya

Pero Odiseo, en su búsqueda de Aquiles, una vez que se supo que estaba en el palacio de Licomedes, lo encontró utilizando una trompeta. De esta manera Aquiles fue a Troya. Lo acompañó Fénix, el hijo de Amintor. [...]. Lo acompañó también Patroclo, el hijo de Menecio y de Esténele, la hija de Acasto, o bien de Periopis, la hija de Feres, como dice Filócrates, o de Polimela, la hija de Peleo. Patroclo, tras discutir durante una partida de dados, mató en Opunte a Clitónimo, el hijo de Anfidamante. Patroclo huyó junto con su padre, se estableció en casa de Peleo y se convirtió en amante de Aquiles... [...]

Más tarde Alejandro raptó a Helena, según dicen algunos, por voluntad de Zeus, para que su hija se hiciera famosa por enfrentar en una guerra a Europa y a Asia; o, como dijeron otros, para que el linaje de los héroes fuera exaltado. [...] Cuando Menelao se enteró del rapto, fue a Micenas ante Agamenón y le pidió que reuniese un ejército contra Troya, alistando soldados en la Hélade. [...] El ejército se concentró en Áulide. [...]

Hallándose el ejército en Áulide, tras haber hecho sacrificios a Apolo, una serpiente se cayó desde el altar que se hallaba junto a un plátano cercano, donde había un nido, y, después de devorar ocho gorriones junto con su madre, que fue la novena, se convirtió en piedra. Calcante dijo que esto era una señal que se les presentaba por voluntad de Zeus y, conjeturando por lo que había sucedido, dijo que en el plazo de diez años necesariamente tomarían Troya. Por tanto, se prepararon para tomar Troya.

El general en jefe de todo el ejército era Agamenón y al frente de la flota iba Aquiles, de quince años de edad.

Desde Ténedos se hicieron a la mar y llegaron a Troya. [...] Entonces Tetis le dijo a Aquiles que no desembarcara de las naves el primero, pues el que desembarcara el primero, sería también el primero en morir. [...]

Aquiles, encolerizado a causa de Briseida, no salía a combatir. < Agamenón le había arrebatado Briseida a Aquiles para compensar la pérdida de Criseida>, la hija del sacerdote Crises. [...] Los troyanos empujaron a los helenos hasta la muralla. Entonces los helenos enviaron a Odiseo, a Fénix y a Áyax como embajadores ante Aquiles, para pedirle su apoyo en la guerra. Le prometían la restitución de Briseida y otros regalos. [...]

Entonces Héctor abrió una brecha en la muralla de los helenos, entró y, gracias a la retirada de Áyax, logró pegar fuego a las naves. Cuando Aquiles vio que la nave de Protesilao ardía, envió a Patroclo, armado con sus propias armas, junto con los mirmidones, y les dio caballos. Al verlos, los troyanos pensaron que se trataba de Aquiles y huyeron. Patroclo persiguió a los troyanos hasta la muralla y mató a muchos, entre ellos, a Sarpedón, hijo de Zeus. Pero Patroclo fue muerto a su vez a manos de Héctor, tras haber sido ya herido por Euforbo. Se produjo entonces un terrible combate por recuperar su cadáver; a duras penas Áyax consiguió imponerse y salvar su cuerpo.

Entonces Aquiles depuso su cólera y obtuvo a Briseida. Se puso la armadura que le había proporcionado Hefesto y salió al combate. Persiguió a los troyanos en tropel hasta el río Escamandro y allí mató a muchos, entre ellos, a Asteropeo, el hijo de Pelegón, hijo a su vez del río Axio. Entonces el río Escamandro se lanzó violentamente contra Aquiles, pero Hefesto secó sus aguas alejándolo con fuertes llamaradas. 

Aquiles mató también en combate singular a Héctor y, atándolo del carro por los tobillos, se fue arrastrándolo hacia las naves. Una vez que se enterró a Patroclo, Aquiles celebró unos juegos en su honor, en los que Diomedes venció en la carrera de carros, Epeo en el pugilato y Odiseo en la lucha. Después de los juegos, se presentó Príamo ante Aquiles, rescató el cuerpo de Héctor y lo enterró.




Pentesilea, hija de Otrere y de Ares, que mató involuntariamente a Hipólita y fue purificada por Príamo, cuando se produjo el combate, dio muerte a muchos, entre ellos, a Macaón. Más tarde Pentesilea murió a su vez a manos de Aquiles, quien, enamorado de esta amazona después de haberla matado, le dio muerte también a Tersites por injuriarlo. [...]




Aquiles también mató a Memnón, el hijo de Titono y de la Aurora, que se había presentado en Troya con grandes fuerzas de los etíopes contra los helenos y había matado a muchos, incluso a Antíloco.

Muerte de Aquiles

Tras haber perseguido también a los troyanos, Aquiles, junto a las puertas Esceas, fue alcanzado en el tobillo por una flecha que dispararon Alejandro y Apolo. Tuvo lugar entonces un combate por el cadáver de Aquiles. Áyax le dio muerte a Glauco y entregó las armas de Aquiles para que las llevaran a las naves. Después Áyax cargó con el cuerpo bajo una lluvia de proyectiles y atravesó por el medio de los enemigos, mientras Odiseo combatía a los atacantes.

Una vez muerto Aquiles, el ejército se vio abrumado de desgracias. Lo enterraron en la Isla Blanca junto a Patroclo, mezclando los huesos de ambos. Se dice además que tras la muerte Aquiles vivió con Medea en las islas de los Bienaventurados. Se celebraron unos juegos en su honor, en los cuales Eumelo venció en la carrera de carros, Áyax en el lanzamiento de disco y Teucro con el arco.

La armadura de Aquiles se puso como premio para el vencedor de una prueba: se presentaron a la competición Áyax y Odiseo. Fue elegido vencedor Odiseo, siendo árbitros los troyanos, o, según algunos, los aliados. Entonces Áyax, perturbado por el disgusto, tramó atacar por la noche al ejército; habiéndole infundido Atenea la locura, se dirigió espada en mano contra los ganados. Totalmente loco, dio muerte a los rebaños junto con los boyeros como si fueran aqueos. Cuando más tarde Áyax se recuperó de su locura, se dio muerte.

(Traducción de José Calderón Felices, Akal, Torrejón de Ardoz, 1987; con modificaciones)



jueves, 29 de enero de 2026

LOS AMORES DE AFRODITA Y ARES

 Ofrecemos el relato de Homero, Odisea, libro VIII, versos 266 – 369.

    Entonces Demódoco, tocando la lira, se lanzó a cantar bellamente acerca del amor de Ares y de Afrodita de hermosa corona, cómo en cierta ocasión se unieron amorosamente a escondidas en la morada de Hefesto, en secreto. Ares le dio muchos regalos y deshonró el matrimonio y el lecho del soberano Hefesto. Pero pronto acudió a él como mensajero Helios, que los había visto unirse en amor.

    Conque, en cuanto Hefesto escuchó la amarga noticia, marchó hacia su fragua maquinando venganza en su interior. Colocó sobre el tajo un gran yunque y martilleó unas ataduras irrompibles, inquebrantables, para que resistieran firmemente.

    Luego, cuando ya había construido su trampa, Hefesto, enfurecido contra Ares, se dirigió hacia su dormitorio, donde estaba su propio lecho. Y allí colocó las ataduras con sus lazos por un lado y otro en círculo, como ligeros hilos de araña, que nadie pudiera ver, ni siquiera los dioses felices. Así alrededor del techo quedó fijada la trampa.

    Luego, después de que hubo tendido la trampa alrededor de la cama, simuló que se iba hacia Lemnos, ciudad bien edificada, que le es con mucho la más querida de todas.

    No tenía un ciego espionaje Ares, el de las riendas de oro, pues vio marcharse a lo lejos a Hefesto, el ilustre artesano. Ares echó a andar hacia la casa del muy ilustre Hefesto deseando el amor de Citerea, la diosa de la hermosa corona. Estaba ella sentada; acababa de venir de junto a su padre Zeus, el poderoso hijo de Crono.

    Ares entró en la casa, tomó a Afrodita de la mano, le habló y la llamó por su nombre: “Ven, querida, vayamos a la cama a acostarnos, pues Hefesto no está aquí, pues se ha marchado a Lemnos, junto a los sintias, de lengua incomprensible”.

    Así habló y a ella sintió grandes deseos de acostarse. Ambos marcharon a la cama y se acostaron. Pero por un lado y por otro los envolvieron los lazos fabricados por el astuto Hefesto y no les era posible moverse en ningún sentido ni tampoco levantarse. Y entonces se dieron cuenta de que no había escapatoria posible.

    Con rápido regreso se aproximó a ellos de nuevo Hefesto, el muy ilustre patizambo, que se había dado la vuelta antes de llegar a la tierra de Lemnos. Porque Helios, que vigilaba, le contó la noticia. Hefesto echó a andar hacia su casa, muy irritado en su corazón. Se detuvo en el atrio, mientras se apoderaba de él un furor salvaje. Y gritó de manera terrible,  y llamaba a todos los dioses:

    “Zeus Padre y los demás dioses felices que vivís eternamente, acudid a contemplar un suceso ridículo e indecente: cómo Afrodita, la hija de Zeus, me deshonra continuamente porque soy cojo y se entrega amorosamente al pernicioso Ares; él es hermoso y de buenas piernas, mientras que yo quedé lisiado. Pero de eso no soy culpable en nada, sino mis dos padres, que ojalá no me hubieran engendrado. Pero venid a verlos, cómo ambos están acostados en abrazo amoroso, metidos en mi propia cama. Los veo y me lleno de dolor, pues nunca esperé que fueran a unirse así por mucho que se amaran. ¡Pero pronto no querrán  dormir juntos! Pues los retendrán a los dos la trampa y las ataduras, hasta que su padre me devuelva mis regalos de boda, todo cuanto ofrecí por su hija, la de cara de perra, porque es tan bella como desvergonzada”.

    Así habló y los dioses se reunieron en la casa de piso de bronce. Llegó Poseidón, el que abraza la tierra; llegó el muy artero, Hermes, y llegó el soberano Apolo, certero flechador. Pero las diosas, por vergüenza, se quedaban en casa.


Marte y Venus (Antonio Canova)


    Se situaron los dioses, dadores de bienes, junto al atrio y se les levantó una risa inextinguible al ver la artimaña del muy sagaz Hefesto. Así comentó, al verlo, un dios al que tenía al lado: “No salen bien las malas acciones. El lento alcanza al veloz. Así ahora Hefesto, que es lento, ha atrapado a Ares, que es el más veloz de los dioses que habitan el Olimpo; siendo cojo, lo atrapó con sus artes. Y Ares debe pagar la multa por adulterio”.

    De tal modo ellos hablaban unos con otros. Y el soberano Apolo, hijo de Zeus, le dijo a Hermes: “Hermes, hijo de Zeus, mensajero, dador de bienes, ¿te gustaría dormir en la cama junto a la dorada Afrodita sujeto por fuertes ataduras?”

    Y le contestó Hermes, el mensajero Argifonte: “¡Ojalá sucediera eso, soberano arquero Apolo! ¡Que me sujetaran ataduras, tres veces más irrompibles que esas, y lo vierais vosotros los dioses y todas las diosas, mientras yo yaciera al lado de la dorada Afrodita!”

    Así dijo y rompieron a reír los inmortales dioses. Pero Poseidón no se reía y no le dejaba de pedir al ingenioso Hefesto que liberara a Ares. Y le habló y le dirigió estas aladas palabras: “Suéltalo y te prometo, como ordenas, que te pagaré todo lo que es justo entre los dioses inmortales”.

    Y le contestó Hefesto, ilustre patizambo: “No, no me ordenes eso, Poseidón, agitador de la tierra. Las fianzas que se toman de la gente sin valor quedan sin valor. ¿Cómo voy yo a sujetarte a ti entre los dioses inmortales, si Ares se escapara una vez liberado del apuro y de la trampa?”

    Y le respondió Poseidón, el que sacude la tierra: “Hefesto, si acaso Ares, al verse libre de su apuro, escapa y huye, yo mismo te pagaré por esto”.

    Y le contestó Hefesto, el ilustre patizambo: “No es posible ni está bien rechazar tu palabra”. Después de tales palabras, el vigoroso Hefesto empezó a soltar los lazos. Los dos, apenas se libraron de su atadura, que era muy firme, en seguida partieron. Ares se encaminaba a Tracia, mientras que Afrodita, amante de la risa, se llegaba a Pafos, donde tiene un santuario y un altar perfumado. Allí la lavaron las Gracias y la ungieron con un óleo divino, como el que suelen usar los dioses que viven para siempre, y la vistieron con ropas seductoras, maravilla de ver.

(Trad. de  Carlos García Gual, Alianza Editorial, Madrid, 2004; con modificaciones)