jueves, 29 de enero de 2026

LOS AMORES DE AFRODITA Y ARES

 Ofrecemos el relato de Homero, Odisea, libro VIII, versos 266 – 369.

    Entonces Demódoco, tocando la lira, se lanzó a cantar bellamente acerca del amor de Ares y de Afrodita de hermosa corona, cómo en cierta ocasión se unieron amorosamente a escondidas en la morada de Hefesto, en secreto. Ares le dio muchos regalos y deshonró el matrimonio y el lecho del soberano Hefesto. Pero pronto acudió a él como mensajero Helios, que los había visto unirse en amor.

    Conque, en cuanto Hefesto escuchó la amarga noticia, marchó hacia su fragua maquinando venganza en su interior. Colocó sobre el tajo un gran yunque y martilleó unas ataduras irrompibles, inquebrantables, para que resistieran firmemente.

    Luego, cuando ya había construido su trampa, Hefesto, enfurecido contra Ares, se dirigió hacia su dormitorio, donde estaba su propio lecho. Y allí colocó las ataduras con sus lazos por un lado y otro en círculo, como ligeros hilos de araña, que nadie pudiera ver, ni siquiera los dioses felices. Así alrededor del techo quedó fijada la trampa.

    Luego, después de que hubo tendido la trampa alrededor de la cama, simuló que se iba hacia Lemnos, ciudad bien edificada, que le es con mucho la más querida de todas.

    No tenía un ciego espionaje Ares, el de las riendas de oro, pues vio marcharse a lo lejos a Hefesto, el ilustre artesano. Ares echó a andar hacia la casa del muy ilustre Hefesto deseando el amor de Citerea, la diosa de la hermosa corona. Estaba ella sentada; acababa de venir de junto a su padre Zeus, el poderoso hijo de Crono.

    Ares entró en la casa, tomó a Afrodita de la mano, le habló y la llamó por su nombre: “Ven, querida, vayamos a la cama a acostarnos, pues Hefesto no está aquí, pues se ha marchado a Lemnos, junto a los sintias, de lengua incomprensible”.

    Así habló y a ella sintió grandes deseos de acostarse. Ambos marcharon a la cama y se acostaron. Pero por un lado y por otro los envolvieron los lazos fabricados por el astuto Hefesto y no les era posible moverse en ningún sentido ni tampoco levantarse. Y entonces se dieron cuenta de que no había escapatoria posible.

    Con rápido regreso se aproximó a ellos de nuevo Hefesto, el muy ilustre patizambo, que se había dado la vuelta antes de llegar a la tierra de Lemnos. Porque Helios, que vigilaba, le contó la noticia. Hefesto echó a andar hacia su casa, muy irritado en su corazón. Se detuvo en el atrio, mientras se apoderaba de él un furor salvaje. Y gritó de manera terrible,  y llamaba a todos los dioses:

    “Zeus Padre y los demás dioses felices que vivís eternamente, acudid a contemplar un suceso ridículo e indecente: cómo Afrodita, la hija de Zeus, me deshonra continuamente porque soy cojo y se entrega amorosamente al pernicioso Ares; él es hermoso y de buenas piernas, mientras que yo quedé lisiado. Pero de eso no soy culpable en nada, sino mis dos padres, que ojalá no me hubieran engendrado. Pero venid a verlos, cómo ambos están acostados en abrazo amoroso, metidos en mi propia cama. Los veo y me lleno de dolor, pues nunca esperé que fueran a unirse así por mucho que se amaran. ¡Pero pronto no querrán  dormir juntos! Pues los retendrán a los dos la trampa y las ataduras, hasta que su padre me devuelva mis regalos de boda, todo cuanto ofrecí por su hija, la de cara de perra, porque es tan bella como desvergonzada”.

    Así habló y los dioses se reunieron en la casa de piso de bronce. Llegó Poseidón, el que abraza la tierra; llegó el muy artero, Hermes, y llegó el soberano Apolo, certero flechador. Pero las diosas, por vergüenza, se quedaban en casa.


Marte y Venus (Antonio Canova)


    Se situaron los dioses, dadores de bienes, junto al atrio y se les levantó una risa inextinguible al ver la artimaña del muy sagaz Hefesto. Así comentó, al verlo, un dios al que tenía al lado: “No salen bien las malas acciones. El lento alcanza al veloz. Así ahora Hefesto, que es lento, ha atrapado a Ares, que es el más veloz de los dioses que habitan el Olimpo; siendo cojo, lo atrapó con sus artes. Y Ares debe pagar la multa por adulterio”.

    De tal modo ellos hablaban unos con otros. Y el soberano Apolo, hijo de Zeus, le dijo a Hermes: “Hermes, hijo de Zeus, mensajero, dador de bienes, ¿te gustaría dormir en la cama junto a la dorada Afrodita sujeto por fuertes ataduras?”

    Y le contestó Hermes, el mensajero Argifonte: “¡Ojalá sucediera eso, soberano arquero Apolo! ¡Que me sujetaran ataduras, tres veces más irrompibles que esas, y lo vierais vosotros los dioses y todas las diosas, mientras yo yaciera al lado de la dorada Afrodita!”

    Así dijo y rompieron a reír los inmortales dioses. Pero Poseidón no se reía y no le dejaba de pedir al ingenioso Hefesto que liberara a Ares. Y le habló y le dirigió estas aladas palabras: “Suéltalo y te prometo, como ordenas, que te pagaré todo lo que es justo entre los dioses inmortales”.

    Y le contestó Hefesto, ilustre patizambo: “No, no me ordenes eso, Poseidón, agitador de la tierra. Las fianzas que se toman de la gente sin valor quedan sin valor. ¿Cómo voy yo a sujetarte a ti entre los dioses inmortales, si Ares se escapara una vez liberado del apuro y de la trampa?”

    Y le respondió Poseidón, el que sacude la tierra: “Hefesto, si acaso Ares, al verse libre de su apuro, escapa y huye, yo mismo te pagaré por esto”.

    Y le contestó Hefesto, el ilustre patizambo: “No es posible ni está bien rechazar tu palabra”. Después de tales palabras, el vigoroso Hefesto empezó a soltar los lazos. Los dos, apenas se libraron de su atadura, que era muy firme, en seguida partieron. Ares se encaminaba a Tracia, mientras que Afrodita, amante de la risa, se llegaba a Pafos, donde tiene un santuario y un altar perfumado. Allí la lavaron las Gracias y la ungieron con un óleo divino, como el que suelen usar los dioses que viven para siempre, y la vistieron con ropas seductoras, maravilla de ver.

(Trad. de  Carlos García Gual, Alianza Editorial, Madrid, 2004; con modificaciones)

viernes, 16 de mayo de 2025

LAS AVENTURAS DE ODISEO (ULISES)

El siguiente relato se encuentra en la Biblioteca (Epítome 7) de Apolodoro (siglo I - II d. C.)

Odiseo, según algunos, anduvo errante por Libia; según otros, por Sicilia, y, según otros, por el Océano o por el mar Tirreno.



Odiseo en la ciudad de los cícones

Odiseo zarpó de Troya y llegó a Ísmaro, ciudad de los cícones. Después de conquistar esta ciudad por las armas, la saqueó. Solo tuvo compasión de Marón, sacerdote de Apolo. Los cícones que vivían en el continente, al enterarse, se dirigieron armados contra Odiseo. Este perdió seis hombres de cada nave, se hizo a la mar y huyó.

El país de los lotófagos

Cuando llegó al país de los lotófagos, envió a algunos hombres para averiguar quiénes lo habitaban. Pero estos comieron loto y se quedaron allí, pues en la región crecía un fruto dulce llamado loto que producía a quien lo probaba el olvido de todo. 

Cuando Odiseo supo esto, retuvo a los demás compañeros y a los que habían comido loto, los llevó a la fuerza a las naves. 

En la tierra de los Cíclopes

Se hizo a la mar y navegó hacia la tierra de los Cíclopes. Dejó las restantes naves en una isla cercana, se acercó al país de los Cíclopes con una sola nave y desembarcó con doce compañeros. 

Cerca del mar había una cueva, en la que Odiseo entró con un odre de vino que le había dado Marón. Esta cueva pertenecía a Polifemo, hijo de Posidón y de la ninfa Toosa. Polifemo era un hombre enorme, salvaje y antropófago, que tenía un solo ojo en la frente.

Así pues, Odiseo y sus compañeros encendieron el fuego. Después de sacrificar unos cabritos, celebraron un banquete. Pero en esto llegó el cíclope Polifemo y, después de hacer entrar los rebaños, colocó una piedra descomunal en la puerta. Cuando vio a Odiseo y a sus compañeros, devoró a algunos. Pero Odiseo le dio a beber del vino de Marón. El cíclope bebió y comenzó a pedir más. Después de beber por segunda vez, le preguntó a Odiseo su nombre. Odiseo respondió que se llamaba "Nadie".

Entonces, el cíclope amenazó con devorar a Nadie en último lugar y a sus compañeros primero: le prometió que este sería el regalo de hospitalidad que le daría a cambio del vino. Sin embargo, vencido por la bebida, el cíclope se quedó dormido.

Entretanto, Odiseo encontró una estaca que había por allí y la afiló con la ayuda de cuatro compañeros. Después de endurecer la estaca al fuego, cegaron a Polifemo. Este comenzó a pedir ayuda a gritos a los demás cíclopes que estaban por los alrededores. Los cíclopes acudieron y le preguntaron quién lo había dañado. Polifemo respondió que "Nadie". Los cíclopes, al creer que decía que no había sido herido "por ninguno", se marcharon.

Cuando los rebaños empezaron a pedir el pasto habitual, Polifemo abrió la cueva y se situó en la entrada con las manos extendidas, palpando a los animales. Pero Odiseo juntó bien tres carneros; se puso debajo del de mayor tamaño y, escondido debajo del vientre, logró escapar con los rebaños. Después de desatar a sus compañeros de debajo de los animales, condujo los rebaños a las naves y zarpó, mientras le gritaba al cíclope que él era Odiseo y que se había escapado de sus manos.

Un adivino le había profetizado al cíclope que sería cegado por Odiseo. Cuando el cíclope oyó ese nombre, arrancó unas rocas y las arrojó hacia el mar, de manera que a duras penas se libró la nave de Odiseo de las rocas. A raíz de esto, Posidón se encolerizó con Odiseo.



La isla de Eolo

Odiseo se hizo a la mar con todas las naves y llegó a la isla Eolia, en la que reinaba Eolo. A este le había encargado Zeus la gestión de los vientos, tanto calmarlos como soltarlos. Eolo acogió a Odiseo como huésped y le dio un odre de piel de buey en el que había encerrado los vientos. Después de enseñarle qué vientos debía utilizar para la navegación, ató el odre a la nave. Así, Odiseo, empleando vientos favorables, navegó felizmente. Cuando estaba ya cerca de Ítaca y veía elevarse el humo de la ciudad, se quedó dormido. Sus compañeros, creyendo que llevaba oro en el odre, lo descosieron y liberaron los vientos. Entonces, arrebatados por los vientos, retrocedieron de nuevo. Odiseo llegó ante Eolo y le rogó un viento favorable, pero este lo echó de la isla diciéndole que él no podía salvarlo si tenía a los dioses en contra.

Los lestrígones

Por tanto, se hizo de nuevo a la mar, arribó al país de los lestrígones y ancló su nave por última vez. Los lestrígones eran antropófagos; sobre ellos reinaba Antífates. Odiseo, queriendo informarse sobre estos habitantes, envió algunos compañeros a investigar. Pero la hija del rey se encontró con estos y los condujo ante su padre, quien cogió a uno y lo mató; después persiguió a los restantes, que huían, mientras gritaba y convocaba a los demás lestrígones. Llegaron hasta el mar, lanzaron piedras, destrozaron las naves y devoraron a los tripulantes. Pero Odiseo cortó la amarra de su nave y se hizo a la mar; en cambio, las restantes naves quedaron aniquiladas junto con sus tripulantes.

Circe

Con una sola nave, por tanto, Odiseo arribó a la isla de Eea, donde habitaba Circe, hija de Helio y de Perseis, y hermana de Eetes. Circe era una experta en todo tipo de encantamientos. Odiseo distribuyó a sus compañeros y él se quedó en la nave por sorteo. Euríloco partió junto a sus compañeros, que eran veintidós, hacia Circe. Cuando ella los llamó, entraron todos en su casa, excepto Euríloco. Les dio a cada uno una pócima a base de queso, miel, harina y vino, mezclada con un encantamiento. 

Una vez que bebieron todos, los tocó con su vara y los transformó, de manera que a unos los metamorfoseó en lobos, a otros en cerdos, asnos o leones. Euríloco vio esto y se lo contó a Odiseo, quien tomó la hierba llamada moly (recibida de Hermes) y se dirigió ante Circe. Odiseo echó la moly en la pócima y fue el único que, después de beber, no quedó embrujado. Este desenvainó su espada y amenazó a Circe con matarla. Pero ella apaciguó su cólera y les devolvió a sus compañeros su forma primitiva.

Después de que Circe le jurara que no le haría ningún daño, Odiseo se unió a ella y tuvo un hijo, llamado Telégono. Se quedó allí con ella un año. 

Invocación de las almas

Después, navegó por el Océano y, por consejo de Circe, les ofreció sacrificios a las almas, consultó en oráculo el alma de Tiresias y vio las almas de los héroes y de las heroínas; vio también el alma de su madre, Anticlea, y la de Elpenor, un compañero que se había caído en la casa de Circe y se había matado.

Las Sirenas

A continuación, volvió con Circe y, enviado por ella, se hizo a la mar y costeó la isla de las Sirenas. Las Sirenas eran hijas de Aqueloo y Melpómene, una de las musas. Sus nombres eran Pisínoe, Agláope y Telxiepia. Una de ellas tocaba la cítara, otra cantaba y la tercera tocaba la flauta. Con estas artes convencían a los navegantes para que se quedaran. De los muslos para abajo tenían forma de pájaro. 

Al bordear su isla, Odiseo quiso escuchar su canto, pero, por consejo de Circe, había taponado con cera los oídos de sus compañeros y había ordenado que a él lo ataran al mástil. Pero, encantado por las Sirenas, pedía a sus compañeros que lo destaran para quedarse allí, sin embargo, estos lo ataban más fuertemente y de esa manera pasó navegando.

Las Sirenas habían recibido un oráculo, según el cual morirían si una nave pasaba de largo. Así que murieron.



Escila y Caribdis

Después de esto, a Odisea se le abrieron dos posibles rutas. Por un lado, se encontraban las Rocas Errantes. Por otro lado, se alzaban dos enormes escollos: en un escollo estaba Escila, hija de Crateis y de Trieno (o de Forco); tenía cara y pecho de mujer y de los costados le salían seis cabezas y doce patas de perro. En el otro escollo se hallaba Caribdis, que tres veces al día absorbía el agua y de nuevo la lanzaba. 

Por consejo de Circe, Odiseo evitó pasar por las Rocas Errantes, por ello navegó a lo largo del escollo de Escila. Se colocó en la popa totalmente armado. En esto, apareció Escila, atrapó a seis compañeros y los devoró.

Desde allí Odiseo se dirigió hacia la isla de Trinacia, que pertenecía a Helio y en la que pastaban los ganados de este dios. Retenido por una calma chicha, Odiseo se quedó en aquel lugar. Sus compañeros, privados de alimento, sacrificaron algunas cabezas de ganado de Helio y celebraron un banquete. Helio denunció este acto a Zeus. Por ello, cuando Odiseo se hizo a la mar, Zeus le lanzó un rayo: la nave se deshizo, Odiseo se aferró al mástil y llegó junto a Caribdis. Cuando Caribdis absorbió el mástil, Odiseo se cogió a una higuera silvestre que sobresalía en ese lugar y allí esperó. Cuando vio salir a flote de nuevo el mástil, se lanzó encima y, sujeto a él, fue transportado a la isla de Ogigia.

Calipso

En esa isla fue acogido por Calipso, hija de Atlante, que, tras unirse a Odiseo, dio a luz a un niño llamado Latino. Odiseo se quedó con Calipso cinco años, hasta que fabricó una balsa y se hizo a la mar. Pero la balsa se deshizo en el mar a causa de la cólera de Posidón y Odiseo fue arrojado desnudo a la costa de los feacios.

La isla de los feacios

Entonces, Nausícaa, la hija del rey Alcínoo, que estaba lavando la ropa, cuando Odiseo le suplicó, lo condujo a presencia de Alcínoo, quien lo hospedó y, después de cargarlo de regalos, lo acompañó con una escolta hacia su patria, Ítaca. Entonces Posidón se encolerizó con los feacios, petrificó la nave acompañante y cubrió su ciudad con un monte.

Llegada a Ítaca. Venganza sobre los pretendientes

Al fin Odiseo llegó a su patria, Ítaca. Encontró su casa expoliada, pues muchos pretendientes, creyendo que Odiseo había muerto, le pedían matrimonio a Penélope. [...] Todos los pretendientes se habían instalado en el palacio de Odiseo y consumían sus rebaños dándose grandes banquetes.

Penélope se vio obligada a prometer el matrimonio cuando terminara un sudario para Laertes. Estuvo tejiéndolo durante tres años, tejiendo de día y deshaciéndolo por la noche. Así Penélope iba engañando a los pretendientes, hasta que fue descubierta.

Odiseo, una vez informado sobre la situación de su casa, llegó como un mendigo ante su criado Eumeo, se dio a conocer a su hijo Telémaco y se fue a la ciudad. Melantio el cabrero se encontró con ellos y, a pesar de ser un criado, les faltó al respeto.

Cuando Odiseo llegó al palacio, les pidió comida a los pretendientes. Allí se encontró con un mendigo llamado Iro y luchó con él. Odiseo se dio a conocer a Eumeo y a Filetio, y con la ayuda de estos y la de Telémaco tramó un plan contra los pretendientes. 

A todo esto, Penélope les había dado a los pretendientes el arco de Odiseo, arco que este había recibido de Ífito. Les dijo que se casaría con aquel que fuera capaz de armarlo. Pero ninguno de los pretendientes pudo tensarlo, hasta que Odiseo lo cogió y comenzó a lanzarles flechas a los pretendientes con la ayuda de Eumeo, Filetio y Telémaco. Dio muerte también a Melantio y a las criadas que se habían acostado con los pretendientes. Acto seguido se dio a conocer a su esposa y a su padre.



(Trad. basada en la de M. Rodríguez de Sepúlveda, Madrid, Gredos, 1985 y en la de J. Calderón, Madrid, Akal, 1987; con modificaciones)

sábado, 25 de marzo de 2023

LOS DOCE TRABAJOS DE HÉRCULES (III)

 Presentamos la versión que ofrece el mitógrafo Higino (64 a. C. - 17 d. C.) sobre los trabajos de Hércules en sus Fábulas mitológicas (XXX):

1. Cuando era niño, mató con sus manos dos serpientes que Juno había enviado. De ahí que se le llame Primigenio.

2. Al león de Nemea, invulnerable, al que la Luna había criado en una cueva con dos salidas, lo mató y tomó su piel para cubrirse.

3. A la Hidra de Lerna, hija de Tifón, con sus nueve cabezas, la mató junto a la fuente de Lerna. La Hidra tenía tal capacidad de envenenamiento que mataba a los hombres con su aliento y si alguien pasaba junto a ella mientras dormía, aspiraba su rastro y moría de un modo tortuoso. Siguiendo las instrucciones de Minerva, la mató, la destripó e impregnó sus flechas con su veneno. Así pues, cualquier cosa que Hércules atravesaba después con sus flechas, no escapaba a la muerte. Incluso más tarde, él mismo murió en Frigia.


4. Mató al jabalí de Erimanto.

5. Condujo un ciervo salvaje de Arcadia, vivo, con sus cuernos de oro, ante el rey Euristeo.

6. A las aves estinfálides, que lanzaban sus plumas como dardos, las mató con sus flechas en la isla de Marte.

7. El estiércol de los bueyes del rey Augias lo limpió en un solo día, gracias en gran parte a la ayuda de Júpiter. Hizo entrar allí un río y así desapareció todo el estiércol.

8. Al toro con el que Pasífae se había acostado, lo condujo vivo desde la isla de Creta a Micenas.

9. A Diomedes, rey de Tracia, y a sus cuatro caballos que se alimentaban de carne humana, los mató con la ayuda de su siervo Abdero. Los nombres de los caballos eran Podargo, Lampón, Janto y Dino.

10. Mató a la amazona Hipólita, hija de Marte y de la reina Otrera, y le arrebató el cinturón. Entregó, entonces, la cautiva Antíope a Teseo.

11. A Gerión, el hijo de tres cuerpos de Crisaor, lo mató con una sola flecha.

12. A la serpiente monstruosa, hija de Tifón, que solía guardar las manzanas de oro de las Hespérides, la mató junto al monte Atlas y llevó las manzanas al rey Euristeo.

13. Al can Cerbero, hijo de Tifón, lo condujo desde los Infiernos ante el rey Euristeo.



(Traducción de Guadalupe Morcillo Expósito, Akal, Madrid, 2008; con modificaciones)

martes, 21 de marzo de 2023

LOS DOCE TRABAJOS DE HERACLES (II)

 Seguimos el relato de Apolodoro (siglo I o II d. C.) en su Biblioteca mitológica (libro II, 96 ss)

Octavo trabajo: las yeguas de Diomedes

    El octavo trabajo que le ordenó Euristeo fue llevar a Micenas las yeguas de Diomedes el tracio. Este era hijo de Ares y de Cirene. Reinaba sobre los bistones, un pueblo belicoso de Tracia. Tenía además unas yeguas comedoras de hombres. Por tanto, Heracles navegó junto con un grupo de seguidores voluntarios, redujo a los guardianes de los establos de las yeguas y condujo a estas hacia el mar.

    Pero los bistones acudieron en su ayuda con las armas y entonces Heracles le entregó las yeguas a Abdero para que las vigilara. Abdero era hijo de Hermes, locro de Opunte y amante de Heracles. Las yeguas arrastraron y destrozaron a Abdero.

    Heracles, luchando contra los bistones, mató a Diomedes y obligó a huir al resto. Después de fundar la ciudad de Abdera junto a la tumba del malogrado Abdero, Heracles le llevó las yeguas a Euristeo y se las entregó. Pero Euristeo las dejó libres; las yeguas marcharon hacia el monte llamado Olimpo y fueron exterminadas por las fieras.

Noveno trabajo: el cinturón de Hipólita

    Como noveno trabajo, Euristeo le ordenó a Heracles traer el cinturón de Hipólita. Esta reinaba sobre las amazonas, que habitaban a orillas del río Termodonte. Las amazonas eran una raza guerrera, practicaban ejercicios viriles y si alguna vez daban a luz después de unirse con un hombre, criaban solo a las hembras. Además se comprimían el pecho derecho para que no les impidiese disparar, pero conservaban el izquierdo por si criaban.

    Hipólita tenía el cinturón de Ares como símbolo de su primacía sobre todas las demás amazonas. En busca de ese cinturón fue enviado Heracles, pues la hija de Euristeo, Admete, deseaba tenerlo. Por tanto, tomando consigo unos compañeros voluntarios, Heracles navegó en una sola nave [...] Cuando Heracles arribó al puerto de Temiscira, se le presentó Hipólita, le preguntó por qué había venido y prometió entregarle el cinturón. 

    Pero Hera, haciéndose semejante a una de las amazonas, iba y venía entre ellas diciendo que los extranjeros recién llegados estaban raptando a la reina Hipólita. Entonces, las amazonas, armas en mano, atacaron a caballo la nave de Heracles. Cuando Heracles las vio armadas, creyendo que se trataba de una trampa, mató a Hipólita y le arrebató el cinturón y, después de combatir con las demás, se hizo a la mar y arribó a Troya. [...] Finalmente llevó el cinturón a Micenas y se lo entregó a Euristeo.

Décimo trabajo: las vacas de Geriones

    El décimo trabajo que se le impuso a Heracles fue traer las vacas de Geriones desde Eritia. Eritia era una isla situada cerca del Océano, que ahora llaman Gadira. La habitaba Geriones, hijo de Crisaor y de Calírroe, la hija de Océano. Geriones tenía la corpulencia de tres hombres juntos, fundidos en uno por la cintura, pero separados en tres a partir de los flancos y los muslos. Poseía unas vacas rojizas, cuyo boyero era Euritión y cuyo guardián era Orto, el perro de dos cabezas, nacido de Equidna y de Tifón. 

    Así pues, Heracles marchó en busca de las vacas de Geriones a través de Europa y, tras exterminar muchos animales salvajes, penetró en Libia. Después de llegar a Tarteso, alzó como marca de su paso dos columnas simétricas sobre los montes de Europa y de Libia. Abrasado por Helio durante el camino, Heracles montó el arco contra este dios, que, admirado por su valor, le entregó una copa de oro, en la que Heracles cruzó el Océano.

    Cuando llegó a Eritia, acampó en el monte Abante. En cuanto el perro Orto advirtió su presencia, se lanzó contra él, pero Heracles lo golpeó con la maza y mató también al boyero Euritión, que había corrido en ayuda del perro. Sin embargo, Menetes, que estaba apacentando allí las vacas de Hades, le comunicó a Geriones lo que había sucedido.

    Geriones encontró a Heracles junto al río Antemunte llevándose las vacas, trabó combate con él, pero murió asaeteado. Heracles entonces embarcó las vacas en la copa, navegó hacia Tarteso y le devolvió la copa a Helio.




    Después de atravesar Abderia, Heracles llegó a Liguria, en donde Yalebíon y Dercino, hijos de Posidón, le robaron las vacas, pero Heracles les dio muerte y avanzó a través de Tirrenia. 

    Desde Regio un toro se separó del rebaño, se arrojó al mar y echó a nadar hacia Sicilia. Tras cruzar la comarca vecina, llegó al llano de Érix, quien reinaba sobre los élimos. Érix, que era hijo de Posidón, mezcló ese toro con sus rebaños particulares. Así que Heracles le confió las vacas a Hefesto y salió en busca del toro. Cuando lo encontró entre los rebaños de Érix, este le dijo que no se lo daría si no lo vencía en la lucha. Heracles se impuso en el enfrentamiento por tres veces y acabó matando a Érix. Recogió el toro con el resto del ganado y lo llevó al mar Jonio.

    Cuando llegó a las ensenadas del mar Jonio, Hera lanzó un tábano sobre las vacas, que se dispersaron por las estribaciones de Tracia. Heracles las persiguió, recuperó una parte y las guio hacia el Helesponto. Las vacas que quedaron abandonadas se asilvestraron posteriormente. Después de recoger el ganado con gran dificultad, Heracles se lo reprochó al río Estrimón e hizo innavegable un cauce que antes era navegable rellenándolo de piedras.

    Por fin, llevó las vacas a Euristeo, se las entregó y Euristeo las sacrificó en honor de Hera.

Undécimo trabajo: las manzanas de oro de las Hespérides

    Terminados los trabajos en ocho años y un mes, como Euristeo no aceptó el trabajo de los rebaños de Augias ni el de la hidra, le ordenó un undécimo trabajo: traer las manzanas de oro de las Hespérides. Estas manzanas no se hallaban en Libia, como dicen algunos, sino junto a Atlas entre los hiperbóreos. Tales manzanas se las había regalado Gea a Zeus cuando este se casó con Hera. Las vigilaba un dragón inmortal, hijo de Tifón y de Equidna, con cien cabezas y que utilizaba voces diversas y cambiantes. Junto con él vigilaban las Hespérides: Egle, Eritia, Hesperia y Aretusa. [...]

    Heracles atravesó Iliria y, dirigiéndose hacia el río Erídano, llegó junto a las ninfas, hijas de Zeus y de Temis. Estas le revelaron dónde estaba Nereo. Heracles atrapó a Nereo mientras domía y, a pesar de que Nereo adoptaba todo tipo de formas, Heracles lo ató y no lo soltó hasta averiguar por él dónde podría encontrar las manzanas y a las Hespérides. [...]

    Heracles llegó a los hiperbóreos ante Atlas. Prometeo le había dicho a Heracles que no fuera personalmente por las manzanas, sino que relevara a Atlas en el soporte de la bóveda celeste y que enviara a este. Heracles obedeció y relevó a Atlas. Atlas cogió tres manzanas de las Hespérides, se presentó ante Heracles y, como no quería volver a soportar la bóveda celeste, < le dijo a Heracles que él en persona le llevaría las manzanas a Euristeo. Heracles advirtió el engaño y le dijo a Atlas que soportara la bóveda un momento, pues > deseaba ponerse una almohadilla en la cabeza.




    Al oír esto, Atlas dejó las manzanas en el suelo y cogió la bóveda celeste. Entonces Heracles recogió las manzanas y se fue corriendo. Algunos dicen que Heracles no consiguió las manzanas con la ayuda de Atlas, sino que las recogió él mismo después de darle muerte a la serpiente que las guardaba.

    Heracles le llevó las manzanas a Euristeo y se las entregó. Euristeo, una vez que las recibió, se las regaló a Heracles, quien, a su vez, se las entregó a Atenea, la cual las llevó de nuevo a su sitio, pues no estaba permitido que se depositaran en cualquier otra parte.

Duodécimo trabajo: el can Cerbero

    El duodécimo trabajo que Euristeo le ordenó a Heracles fue traer a Cerbero desde el Hades. Cerbero tenía tres cabezas de perro y cola de dragón, y por el lomo tenía cabezas de todo tipo de serpientes. [...]

    Heracles se presentó después en Ténaro de Laconia, donde se halla la boca de bajada al Hades, y bajó por ella. Cuando las almas lo vieron, huyeron, excepto las almas de Meleagro y la de la Gorgona Medusa. Heracles desenvainó la espada contra la Gorgona como si estuviera viva, pero supo por Hermes que solo era una forma vacía.

    Cuando se hallaba ya cerca de las puertas de Hades, encontró a Teseo y a Pirítoo, quien había pretendido en matrimonio a Perséfone y por esta causa había sido encarcelado. Cuando estos vinieron ante Heracles, le tendieron las manos como si fueran a ser resucitados por su fuerza. Entonces Heracles tomó a Teseo de la mano y lo sacó. Pero, queriendo subir también a Pirítoo, tembló la tierra y tuvo que soltarlo. [...]




    Después Heracles le pidió a Plutón que le permitiera llevarse a Cerbero. Plutón le dijo que se lo llevaría si lograba reducir al perro sin las armas que llevaba. Así, cuando Heracles encontró a Cerbero a las puertas del Aqueronte, resguardado por la coraza y totalmente cubierto por la piel del león, le echó a Cerbero las manos alrededor de la cabeza, lo apresó y no lo soltó, estrangulando a la fiera hasta que esta cedió, a pesar de que Heracles fue mordido por una de las serpientes que tenía Cerbero en la cola. Tras apresar al perro, Heracles lo fue subiendo hasta llegar a Trecén. [...] Heracles le mostró a Euristeo el perro Cerbero y después lo devolvió de nuevo al Hades.

(Traducción de José Calderón Felices, Akal, Madrid, 1987; con modificaciones)

lunes, 20 de marzo de 2023

LOS DOCE TRABAJOS DE HERACLES (I)

    Seguimos el relato que ofrece Apolodoro (siglo I o II d. C.) en su Biblioteca mitológica (libro II, 72ss) 

Tras la batalla con los minias, a Heracles le sucedió que se volvió loco a causa de los celos de Hera y arrojó al fuego a sus propios hijos, que había tenido con Mégara, y también arrojó a los dos de Ificles. Por ello, se autocondenó al destierro, fue purificado por Tespio y se fue a Delfos a preguntar al dios Apolo en dónde vivir. La Pitia le dio entonces por primera vez el nombre de Heracles; hasta ese momento se había llamado Alcides.

    Dicen que Heracles vivió en Tirinto al servicio de Euristeo durante doce años y que cumplió los diez trabajos impuestos y se dice asimismo que, después de realizar esos trabajos, habría de ser inmortal. Oído esto, Heracles se fue a Tirinto y cumplió con lo que le había ordenado Euristeo.

Primer trabajo: el león de Nemea

    En primer lugar, Euristeo le ordenó traer la piel del león de Nemea. Este animal era invulnerable y había sido engendrado por Tifón. [...] Heracles llegó entonces a Nemea y buscó al león. Tras encontrarlo, en primer lugar lo asaeteó. Pero cuando comprendió que el león era invulnerable, empezó a perseguirlo maza en alto. Al meterse el león en una caverna de doble boca, Heracles taponó una de las entradas y se metió por la otra en busca de la fiera, a la que atrapó rodeándole el cuello con una mano. Heracles apretó hasta estrangular al león. Se lo echó a los hombros [...] y llevó el león a Micenas. 

    Euristeo, atónito por su valor, le prohibió que en adelante entrase en la ciudad y le ordenó exponer ante las puertas de la misma sus trabajos. Dicen que, por miedo, Euristeo se había preparado una tinaja de bronce escondida bajo tierra y que, enviando un mensajero, Copreo, hijo de Pélope el eleo, le ordenó los trabajos. [...]



Segundo trabajo: la hidra de Lerna

    Como segundo trabajo, Euristeo le ordenó matar a la hidra de Lerna. Esta, criada en el pantano de Lerna, salía al llano y asolaba los rebaños y la comarca. Tenía la hidra un cuerpo enorme con nueve cabezas, ocho mortales y la del medio, inmortal. Heracles se subió al carro, guiado por Yolao, y se presentó en Lerna. Detuvo los caballos y encontró a la hidra en una colina, junto a las fuentes de Amimone, en donde se hallaba su madriguera. 

    Heracles obligó a salir a la hidra lanzándole flechas incendiadas y, al hacerlo, la agarró fuertemente y la sometió. Pero ella se enrolló en uno de sus pies y se aferró a él. Nada podía conseguir Heracles golpeando las cabezas de la hidra con la maza, pues de cada cabeza golpeada crecían de nuevo otras dos. Entonces, vino en socorro de la hidra un cangrejo enorme que le mordió a Heracles en un pie, pero este mató al cangrejo y llamó en su auxilio a Yolao, quien incendió parte de un bosque cercano y abrasó con tizones las cabezas de la hidra que brotaban, impidiéndolas salir. 



    De esta manera Heracles resultó vencedor de las cabezas que renacían y, después de cortar la que era inmortal, la enterró y le puso encima una pesada piedra junto al camino que lleva a través de Lerna hacia Eleunte. Además, abrió el cuerpo de la hidra y bañó las flechas en su bilis. Sin embargo, Euristeo le dijo que este trabajo no se podía contar entre los diez, porque no había vencido a la hidra solo, sino con la ayuda de Yolao.

Tercer trabajo: la cierva de Cerinia

    Como tercer trabajo, Euristeo le ordenó traer viva a Micenas la cierva de Cerinia. La cierva, de cuernos de oro, se hallaba en Énoe y estaba consagrada a Ártemis. Por ello, Heracles no quiso ni matarla ni herirla y así la persiguió durante todo un año. El animal, cansado por la persecución, se refugió en un monte llamado Artemisio, siguió hasta el río Ladón y, cuando estaba a punto de cruzarlo, Heracles le disparó y logró atraparlo. Se echó la cierva a los hombros y se apresuró a cruzar Arcadia.



    Pero Ártemis, junto con Apolo, se encontró con Heracles y le quitó la cierva, reprochándole que hubiera intentado matar un animal consagrado a ella. Heracles pretextó necesidad, diciendo que el causante de todo había sido Euristeo, y así apaciguó la cólera de la diosa y llevó el animal vivo a Micenas.

Cuarto trabajo: el jabalí de Erimanto

    Como cuarto trabajo, Euristeo le ordenó traer vivo el jabalí de Erimanto. Esta fiera asolaba la Psófide, precipitándose desde un monte que llaman Erimanto. [...] Heracles a base de gritos hizo que el jabalí saliera de una espesura y lo lanzó aturdido hacia la espesa nieve. Así lo apresó y se lo llevó a Micenas.

Quinto trabajo: los establos de Augias

    Como quinto trabajo, Euristeo le ordenó sacar el estiércol de los rebaños de Augias en un solo día. Augias era el rey de Élide, hijo de Helio, según dicen unos, o de Posidón, según otros, o de Forbante, según algunos otros. Augias tenía muchos rebaños de ganado. Heracles se presentó ante él y, sin revelarle el mandato de Euristeo, le aseguró que en un día sacaría el estiércol si le daba una décima parte de sus rebaños. Augias, no creyéndolo posible, se lo prometió.

    Heracles tomó por testigo al hijo de Augias, Fileo. Abrió una brecha en los cimientos del establo, desvió los ríos Alfeo y Peneo, que pasaban muy cerca, y los introdujo por la brecha, después de hacer un desagüe como salida. Cuando Augias se enteró de que había hecho esto por mandato de Euristeo, no pagó la retribución e incluso negó que hubiera prometido dar una compensación, diciendo que estaba dispuesto a ser juzgado por este caso.

    Por tanto, una vez que los jueces tomaron asiento, Heracles citó a Fileo para que declarase contra su padre y este dijo que su padre había acordado darle un sueldo a Heracles. Augias, lleno de ira, les ordenó a Fileo y a Heracles que se fueran de Élide, antes de que los jueces votaran. [...] Sin embargo, Euristeo tampoco admitió este trabajo entre los diez, argumentando se había realizado a cambio de un sueldo.

Sexto trabajo: las aves de Estinfalo

    El sexto trabajo ordenado fue expulsar a las aves de Estinfalo. Había en la ciudad arcadia de Estinfalo una laguna llamada también Estinfalo, rodeada por todas partes de espesos bosques. En esa laguna se habían refugiado en masa las aves, temerosas de acabar como presa de los lobos. Heracles no sabía cómo hacer salir de los bosques a esas aves.

    En esto, Atenea le dio a Heracles unas castañuelas de bronce que había obtenido de Hefesto. Así, tocándolas sobre una montaña que se hallaba junto a la laguna, logró Heracles asustar a las aves, que, no pudiendo soportar el estrépito, se echaron a volar asustadas, y Heracles las asaeteó.

Séptimo trabajo: el toro de Creta

    El séptimo trabajo que le ordenó Euristeo fue traer el toro de Creta. Acusilao dice que este toro era el que transportó a Europa para Zeus. En cambio, algunos creen que era el toro entregado por Posidón desde el mar cuando Minos dijo que sacrificaría en honor de Posidón lo que apareciera del mar. Y cuentan que cuando Minos vio la belleza del toro, lo envió a sus rebaños y sacrificó otro toro en honor de Posidón. Por ello, este dios se encolerizó e hizo salvaje al toro.

    Pues bien, contra este toro llegó Heracles a Creta. Heracles pidió ayuda, pero Minos le dijo que tendría que luchar solo para atrapar al toro. Una vez que lo atrapó, se lo llevó y se lo enseñó a Euristeo, pero luego lo dejó libre. Entonces, este animal anduvo errante por Esparta y por toda Arcadia, atravesó el Istmo y, cuando llegó a Maratón, en la región del Ática, acosaba a sus habitantes.



(Traducción de José Calderón Felices, Akal, Madrid, 1987; con modificaciones)


miércoles, 8 de junio de 2022

ACTEÓN

 El siguiente relato se encuentra en las Metamorfosis (libro III, versos 138 - 252) del poeta latino Ovidio (43 a. C. - 17 d. C.)

    En medio de tantas prosperidades fue un nieto tuyo, Cadmo, tu primer motivo de dolor y unos cuernos postizos añadidos a su frente y también vosotros, perros, que os saciasteis de la sangre de vuestro dueño. Y, sin embargo, si bien se mira, se encontrará en él una falta de la Fortuna y no un crimen, pues ¿qué crimen podía haber en un error?

    Había una montaña teñida en sangre de fieras de muchas clases y ya el día, encontrándose en su mitad, había reducido las sombras de los objetos y el sol distaba por igual de ambos extremos de su carrera, cuando el joven beocio Acteón se dirige con estas amistosas palabras a sus camaradas de fatigas, que recorrían los apartados caminos: "Compañeros, las redes y las armas están empapadas en sangre de fieras y el día ha sido bastante afortunado. Cuando la próxima Aurora, transportada por sus ruedas azafranadas, nos traiga la luz, volveremos a emprender la tarea a la que nos consagramos. Ahora el Sol dista igual de ambas tierras y con sus ardores resquebraja los campos. Haced un alto en vuestra tarea de este momento y retirad las nudosas cuerdas". Los hombres cumplen sus órdenes e interrumpen sus trabajos.

    Había un valle cuajado de pinos y de puntiagudos cipreses, conocido como Gargafia, consagrado a la diosa Diana, la del vestido arremangado, y en cuyo más apartado rincón hay una gruta, rodeada de selva y en la que nada es obra del arte: la naturaleza, con sus propias habilidades, había imitado al arte y así, con piedra pómez viva y con ligeras tobas, había trazado un arco natural. A la derecha murmura un manantial de delgada y límpida corriente y rodeado, en su amplia salida, de orillas herbosas. 

    Aquí Diana, la diosa de las selvas, cuando estaba fatigada de la caza, solía bañar en el agua cristalina sus miembros virginales. Cuando la diosa llegó allí, le entregó a una de sus ninfas, que cuidaba de sus armas, la jabalina, la aljaba y el arco destensado. Otra ninfa recogió en los brazos el vestido que la diosa se había quitado; otras dos le desatan el calzado y, más hábil que aquellas, la tebana Crócale reúne en un moño los cabellos que caían sueltos por el cuello de la diosa, aunque ella misma los llevaba sueltos. Sacan el agua Néfele, Híale y Ránide, así como Psécade y Fíale, y la vierten de sus voluminosas urnas.


Diana (Ártemis)

  

  Y mientras allí se baña Diana, descendiente de Titanes, en sus aguas acostumbradas, he aquí que Acteón, el nieto de Cadmo, después de suspender sus trabajos y errando a la ventura por un bosque que no conoce, llega a aquella espesura, pues el destino lo llevaba. Tan pronto como entró en la gruta que destilaba la humedad del manantial, las ninfas, al ver a un hombre, desnudas como estaban, se golpearon los pechos, llenaron de repentinos alaridos todo el bosque y, rodeando entre ellas a Diana, la ocultaron con sus cuerpos. Pero la diosa es más alta que ellas y les saca a todas la cabeza. El color que suelen tener las nubes cuando las hiere el sol de frente o el que tiene la aurora arrebolada, es el que tenía Diana al sentirse vista sin ropa.

    Aunque a su alrededor se apiñaba la multitud de sus compañeras, todavía se apartó la diosa a un lado, volvió atrás la cabeza y, como no tenía a mano sus flechas, echó mano a lo que tenía, al agua, regó con ella el rostro de Acteón y, derramando sobre sus cabellos el líquido vengador, pronunció además estas palabras que anunciaban la inminente catástrofe: "Ahora te está permitido contar que me has visto desnuda, si es que puedes contarlo". Y sin más amenazas, le pone en la cabeza, que chorreaba, unos cuernos de longevo ciervo, le prolonga el cuello, hace terminar en punta por arriba sus orejas, cambia en pies sus manos y en largas patas sus brazos, y cubre su cuerpo de una piel moteada. Le añade también un carácter miedoso.



 

  Comienza a huir Acteón, el héroe hijo de Autónoe, y en su misma carrera se asombra de verse tan veloz. Y cuando vio en el agua su cara y sus cuernos, iba a decir: "¡Desgraciado de mí!", pero no salió ninguna palabra. Dio un gemido y ese fue su lenguaje. Unas lágrimas corrieron por ese rostro que no era el suyo; solo le quedó su primitiva inteligencia. ¿Qué podría hacer? ¿Volver a casa, al palacio real, o esconderse en los bosques? La vergüenza le impide esto; el temor, aquello. 

    Mientras vacila, lo han visto los perros. Melampo y el rastreador Icnóbates fueron los primeros en dar la señal con sus ladridos, Icnóbates procedente de Cnoso, Melampo de raza espartana. En seguida se lanzan otros perros con más velocidad que la rápida brisa: Pánfago, Dorceo y Oríbaso, todos ellos de Arcadia, y el poderoso Nebrófono y el feroz Terón y Lélape y Ptérelas, valioso por la velocidad de sus patas y Agre, valioso por su olfato, y el fogoso Hileo, poco antes herido por un jabalí, y Nape, engendrada por un lobo, y Pémenis, que antes seguía a los rebaños, y Harpía, acompañada de sus dos cachorros, y Ladón, procedente de Sición, de remangados flancos, y Drómade y Cánaque y Esticte y Tigre y Alce y Leucón el de blanca crin y Ásbolo de negra crin, y el forzudo Lacón y Aelo, vigorosa en la carrera, y Too y la veloz Licisca con su hermano el de Chipre, y Hárpalo, que se conoce por una mancha blanca en mitad de su negra frente, y Melaneo y Lacne la de cuerpo hirsuto, y Labro y Agriodonte, nacidos de padre cretense, pero de madre laconia, e Hiláctor de aguda voz, y otros que sería largo mencionar.

    Toda la jauría lo persigue, ansiosa de botín, por rocas y peñascos, por riscos inaccesibles, por donde el camino es difícil, por donde no existe camino. Acteón huye por parajes por los que él había perseguido muchas veces, ¡ay!, huye de sus propios servidores. Deseaba gritar: "¡Yo soy Acteón! ¡Reconoced a vuestro dueño!" Pero las palabras no acuden a su deseo; atruenan el aire los ladridos. 

    Melanquetes le hizo las primeras heridas en el lomo; siguieron las que le causó Terodamante; Oresítrofo hizo presa en el hombro. Habían salido después que los otros perros, pero a través de atajos de la montaña se adelantaron en el camino. Mientras estos perros sujetan a su dueño, se congregaron los demás de la tropa y unen sus dientes en aquel cuerpo. No hay ya espacio que herir: Acteón gime, y su voz, aunque no es de hombre, tampoco podría emitirla un ciervo, y llena de lúgubres lamentos las montañas que le son tan conocidas. Y con las rodillas contra el suelo, en actitud suplicante y como si algo pidiera, mueve a un lado y otro el rostro, como si alargara sus brazos.



 

   Los compañeros de caza de Acteón, que nada saben, azuzan con sus habituales gritos al rápido tropel, buscan con sus ojos a Acteón y a porfía gritan "¡Acteón!", como si estuviera ausente (al oír él su nombre vuelve la cabeza) y se lamentan de su ausencia y de que por desidia no asista al espectáculo de la presa que se les ha presentado. Acteón bien quisiera estar ausente, pero está presente; y quisiera ver, pero no sentir en sus carnes las salvajes hazañas de sus propios perros. Por todas partes lo acosan y con los hocicos hundidos en su cuerpo despedazan a su dueño bajo la apariencia de un engañoso ciervo. 

    Y dicen que no se sació la cólera de Diana, la de la aljaba, hasta que acabó aquella vida víctima de innumerables heridas.

(Traducción de Antonio Ruiz de Elvira, Alma Mater, Barcelona, 1964; con modificaciones)