miércoles, 8 de junio de 2022

ACTEÓN

 El siguiente relato se encuentra en las Metamorfosis (libro III, versos 138 - 252) del poeta latino Ovidio (43 a. C. - 17 d. C.)

    En medio de tantas prosperidades fue un nieto tuyo, Cadmo, tu primer motivo de dolor y unos cuernos postizos añadidos a su frente y también vosotros, perros, que os saciasteis de la sangre de vuestro dueño. Y, sin embargo, si bien se mira, se encontrará en él una falta de la Fortuna y no un crimen, pues ¿qué crimen podía haber en un error?

    Había una montaña teñida en sangre de fieras de muchas clases y ya el día, encontrándose en su mitad, había reducido las sombras de los objetos y el sol distaba por igual de ambos extremos de su carrera, cuando el joven beocio Acteón se dirige con estas amistosas palabras a sus camaradas de fatigas, que recorrían los apartados caminos: "Compañeros, las redes y las armas están empapadas en sangre de fieras y el día ha sido bastante afortunado. Cuando la próxima Aurora, transportada por sus ruedas azafranadas, nos traiga la luz, volveremos a emprender la tarea a la que nos consagramos. Ahora el Sol dista igual de ambas tierras y con sus ardores resquebraja los campos. Haced un alto en vuestra tarea de este momento y retirad las nudosas cuerdas". Los hombres cumplen sus órdenes e interrumpen sus trabajos.

    Había un valle cuajado de pinos y de puntiagudos cipreses, conocido como Gargafia, consagrado a la diosa Diana, la del vestido arremangado, y en cuyo más apartado rincón hay una gruta, rodeada de selva y en la que nada es obra del arte: la naturaleza, con sus propias habilidades, había imitado al arte y así, con piedra pómez viva y con ligeras tobas, había trazado un arco natural. A la derecha murmura un manantial de delgada y límpida corriente y rodeado, en su amplia salida, de orillas herbosas. 

    Aquí Diana, la diosa de las selvas, cuando estaba fatigada de la caza, solía bañar en el agua cristalina sus miembros virginales. Cuando la diosa llegó allí, le entregó a una de sus ninfas, que cuidaba de sus armas, la jabalina, la aljaba y el arco destensado. Otra ninfa recogió en los brazos el vestido que la diosa se había quitado; otras dos le desatan el calzado y, más hábil que aquellas, la tebana Crócale reúne en un moño los cabellos que caían sueltos por el cuello de la diosa, aunque ella misma los llevaba sueltos. Sacan el agua Néfele, Híale y Ránide, así como Psécade y Fíale, y la vierten de sus voluminosas urnas.


Diana (Ártemis)

  

  Y mientras allí se baña Diana, descendiente de Titanes, en sus aguas acostumbradas, he aquí que Acteón, el nieto de Cadmo, después de suspender sus trabajos y errando a la ventura por un bosque que no conoce, llega a aquella espesura, pues el destino lo llevaba. Tan pronto como entró en la gruta que destilaba la humedad del manantial, las ninfas, al ver a un hombre, desnudas como estaban, se golpearon los pechos, llenaron de repentinos alaridos todo el bosque y, rodeando entre ellas a Diana, la ocultaron con sus cuerpos. Pero la diosa es más alta que ellas y les saca a todas la cabeza. El color que suelen tener las nubes cuando las hiere el sol de frente o el que tiene la aurora arrebolada, es el que tenía Diana al sentirse vista sin ropa.

    Aunque a su alrededor se apiñaba la multitud de sus compañeras, todavía se apartó la diosa a un lado, volvió atrás la cabeza y, como no tenía a mano sus flechas, echó mano a lo que tenía, al agua, regó con ella el rostro de Acteón y, derramando sobre sus cabellos el líquido vengador, pronunció además estas palabras que anunciaban la inminente catástrofe: "Ahora te está permitido contar que me has visto desnuda, si es que puedes contarlo". Y sin más amenazas, le pone en la cabeza, que chorreaba, unos cuernos de longevo ciervo, le prolonga el cuello, hace terminar en punta por arriba sus orejas, cambia en pies sus manos y en largas patas sus brazos, y cubre su cuerpo de una piel moteada. Le añade también un carácter miedoso.



 

  Comienza a huir Acteón, el héroe hijo de Autónoe, y en su misma carrera se asombra de verse tan veloz. Y cuando vio en el agua su cara y sus cuernos, iba a decir: "¡Desgraciado de mí!", pero no salió ninguna palabra. Dio un gemido y ese fue su lenguaje. Unas lágrimas corrieron por ese rostro que no era el suyo; solo le quedó su primitiva inteligencia. ¿Qué podría hacer? ¿Volver a casa, al palacio real, o esconderse en los bosques? La vergüenza le impide esto; el temor, aquello. 

    Mientras vacila, lo han visto los perros. Melampo y el rastreador Icnóbates fueron los primeros en dar la señal con sus ladridos, Icnóbates procedente de Cnoso, Melampo de raza espartana. En seguida se lanzan otros perros con más velocidad que la rápida brisa: Pánfago, Dorceo y Oríbaso, todos ellos de Arcadia, y el poderoso Nebrófono y el feroz Terón y Lélape y Ptérelas, valioso por la velocidad de sus patas y Agre, valioso por su olfato, y el fogoso Hileo, poco antes herido por un jabalí, y Nape, engendrada por un lobo, y Pémenis, que antes seguía a los rebaños, y Harpía, acompañada de sus dos cachorros, y Ladón, procedente de Sición, de remangados flancos, y Drómade y Cánaque y Esticte y Tigre y Alce y Leucón el de blanca crin y Ásbolo de negra crin, y el forzudo Lacón y Aelo, vigorosa en la carrera, y Too y la veloz Licisca con su hermano el de Chipre, y Hárpalo, que se conoce por una mancha blanca en mitad de su negra frente, y Melaneo y Lacne la de cuerpo hirsuto, y Labro y Agriodonte, nacidos de padre cretense, pero de madre laconia, e Hiláctor de aguda voz, y otros que sería largo mencionar.

    Toda la jauría lo persigue, ansiosa de botín, por rocas y peñascos, por riscos inaccesibles, por donde el camino es difícil, por donde no existe camino. Acteón huye por parajes por los que él había perseguido muchas veces, ¡ay!, huye de sus propios servidores. Deseaba gritar: "¡Yo soy Acteón! ¡Reconoced a vuestro dueño!" Pero las palabras no acuden a su deseo; atruenan el aire los ladridos. 

    Melanquetes le hizo las primeras heridas en el lomo; siguieron las que le causó Terodamante; Oresítrofo hizo presa en el hombro. Habían salido después que los otros perros, pero a través de atajos de la montaña se adelantaron en el camino. Mientras estos perros sujetan a su dueño, se congregaron los demás de la tropa y unen sus dientes en aquel cuerpo. No hay ya espacio que herir: Acteón gime, y su voz, aunque no es de hombre, tampoco podría emitirla un ciervo, y llena de lúgubres lamentos las montañas que le son tan conocidas. Y con las rodillas contra el suelo, en actitud suplicante y como si algo pidiera, mueve a un lado y otro el rostro, como si alargara sus brazos.



 

   Los compañeros de caza de Acteón, que nada saben, azuzan con sus habituales gritos al rápido tropel, buscan con sus ojos a Acteón y a porfía gritan "¡Acteón!", como si estuviera ausente (al oír él su nombre vuelve la cabeza) y se lamentan de su ausencia y de que por desidia no asista al espectáculo de la presa que se les ha presentado. Acteón bien quisiera estar ausente, pero está presente; y quisiera ver, pero no sentir en sus carnes las salvajes hazañas de sus propios perros. Por todas partes lo acosan y con los hocicos hundidos en su cuerpo despedazan a su dueño bajo la apariencia de un engañoso ciervo. 

    Y dicen que no se sació la cólera de Diana, la de la aljaba, hasta que acabó aquella vida víctima de innumerables heridas.

(Traducción de Antonio Ruiz de Elvira, Alma Mater, Barcelona, 1964; con modificaciones)

martes, 17 de mayo de 2022

ATALANTA E HIPÓMENES

 El siguiente relato se encuentra en las Metamorfosis (libro X, versos 560 - 704) del poeta romano Ovidio (43 a. C. - 17 d. C.):

[Venus es quien le cuenta esta historia al bello Adonis]

    Quizá hayas oído hablar de una mujer que en la competición de la carrera vencía a los hombres veloces. No fue una fábula ese rumor; los vencía, en efecto. Y no se podría decir si destacaba más por la gloria de sus pies o por el don de su belleza. Ella consultó el oráculo preguntando por su esposo, y el dios Apolo le dijo: "No te conviene para nada un esposo, Atalanta. ¡Evita tener un esposo! Y aun así no conseguirás librarte y, estando viva, te verás privada de ti misma". 

    Aterrorizada por el oráculo del dios, Atalanta vive soltera en medio de selvas tenebrosas y ahuyenta ferozmente el apremiante tropel de pretendientes mediante una condición, diciéndoles: "No me poseeréis a menos que me venzáis primero en la carrera. Competid conmigo en velocidad de los pies: al que sea más veloz se le dará como premio una esposa y un lecho nupcial, pero la muerte será el botín de los más lentos. Sea esa la regla de la competición".

    Implacable era esa regla, pero vino un temerario tropel de pretendientes a cumplir esta condición (tan grande es el poder de la belleza). Se había sentado Hipómenes como espectador de la rigurosa carrera y había dicho: "¿Hay alguien que busque esposa con tanto riesgo?", condenando así los amores excesivos de los jóvenes. Pero cuando vio el rostro de Atalanta y su cuerpo despojado de ropa, que era como el mío o como el tuyo si te volvieras mujer, quedó atónito y, levantando las manos, dijo: "Perdonadme vosotros, a quienes acabo de criticar. Aún no conocía yo cuál era el premio que codiciabais".

    Al alabar a Atalanta, Hipómenes se abrasa por dentro y desea que ninguno de los jóvenes corra más deprisa y teme su rivalidad. "Pero, ¿por qué voy yo a dejar sin probar la suerte de esta competición?", dice. "A los audaces la propia divinidad los ayuda". Mientras Hipómenes discurre estas cosas consigo mismo, la muchacha vuela ya con pasos alados. Y aunque a Hipómenes le pareció que no avanzaba ella más lenta que una flecha de Escitia, se admira él más, sin embargo, de su hermosura: y es la carrera misma la que le proporciona una hermosura peculiar.

    La brisa lleva hacia atrás los cordones de las sandalias de Atalanta, cordones que sus veloces plantas vuelven a llevar hacia delante, y por la espalda de marfil le ondean los cabellos, así como las rodilleras de bordada franja que llevaba junto a las corvas. Y en medio de la blancura juvenil, su cuerpo había cobrado un tono sonrosado, de igual modo que cuando sobre un atrio blanco un toldo purpúreo matiza con un nuevo color las sombras que proyecta. Mientras el forastero Hipómenes observa todo esto, se ha llegado en la carrera a la última señal y Atalanta, victoriosa, se cubre con la corona de júbilo. Lanzaron gemidos los vencidos y pagan su castigo según lo convenido.

    Sin embargo, Hipómenes, sin asustarse por lo que les ha ocurrido a aquellos, se levanta en medio de la concurrencia y, fijando en la doncella la mirada, le dice: "¿Por qué buscas una gloria fácil venciendo a débiles? Compite conmigo. Si la fortuna me hace dueño de ti, no creerás que es algo indigno haber sido vencida por alguien tan grande como yo, porque mi padre es Megareo de Onquesto, el cual tiene por abuelo a Neptuno, por lo que soy biznieto del dios de las aguas y mi valor no está por debajo de mi linaje. Y si soy vencido, tendrás un grande y memorable título de gloria por haber vencido a Hipómenes". 

    Mientras este habla así, Atalanta, hija de Esqueneo, lo contempla con una mirada tierna y no sabe si prefiere ser vencida o ganar, y habla así: "¿Qué dios, malintencionado con los hermosos, quiere perder a este joven y le ordena aspirar a este matrimonio poniendo en peligro su preciosa vida? Yo creo que no valgo tanto. Y no es que me impresione su hermosura (aunque bien podía impresionarme también), sino el hecho de que es aún un niño. No me conmueve su persona, sino su edad. ¿Qué decir del hecho de que posee un valor y un corazón al que no le asusta la muerte? ¿Y qué es eso de que se considera el cuarto descendiente de su antepasado el dios de los mares? ¿Y qué es eso de que me ama y le da tanto valor a casarse conmigo, de que está dispuesto a morir si la suerte adversa le priva de mi persona? ¡Vete mientras te es posible, forastero, y deja de lado un lecho nupcial sangriento! El matrimonio conmigo es feroz, muchas serán las que quieran casarse contigo y te puede desear una muchacha inteligente. Pero, ¿por qué me preocupo yo por ti cuando tantos han sucumbido antes? ¡Allá él! Que muera, puesto que no le sirve de escarmiento la muerte de tantos pretendientes y desprecia su propia vida. ¿Es que este va a caer por haber querido vivir conmigo y va a ser víctima de una muerte inmerecida como premio de su amor? Mi victoria será intolerablemente odiosa. ¡Ojalá desistieras de tu propósito o, puesto que estás loco, ojalá fueses más rápido que yo! ¡Ay, qué virginal expresión hay en su rostro de niño! ¡Ay, infeliz Hipómenes, desearía que no me hubieras visto! Eres digno de vivir. De verdad que si yo fuera más afortunada y el destino injusto no me impidiera el matrimonio, tú serías el único con quien yo querría compartir mi lecho".

    Estas fueron las palabras de Atalanta y, como inexperta que era y alcanzada ahora por su primer amor, sin darse cuenta de lo que hace, ama y no nota el amor. Ya el pueblo y el padre de Atalanta reclamaban la acostumbrada carrera, cuando con voz angustiada me invoca el descendiente de Neptuno, Hipómenes, y dice: "Yo suplico que Venus Citerea me socorra en mi osadía y ayude a la pasión que ella ha despertado". Una brisa benigna trajo hasta mí la agradable plegaria. Me conmoví, lo confieso, y no tenía mucho tiempo para auxiliarlo. Hay un campo que los nativos designan con el nombre de campo de Támaso, que es la mejor zona de la tierra de Chipre, zona que los hombres de tiempos antiguos me consagraron ordenando que esa tierra fuera adscrita a mis templos como dote. En el medio de la llanura brilla un árbol de amarilla fronda y ramas que tintinean de amarillo oro. De allí venía yo casualmente y llevaba tres frutas de oro que había cogido del árbol con la mano y, sin que nadie pudiera verme más que él, me presenté a Hipómenes y le enseñé cómo podrían serle útiles.



    Las trompetas habían dado ya la señal de la carrera y ambos salen disparados de sus puestos y con pies veloces van rasando la capa superior de la arena. Se diría que ellos podían rozar la superficie del mar sin mojarse las plantas y correr por encima de las espigas de una mies ya blanca sin derribarlas. Dan ánimos al joven las aclamaciones a favor suyo y las palabras de los que le dicen: "¡Ahora, ahora es el momento de apretar! ¡Más deprisa, Hipómenes! ¡Usa ahora todas tus fuerzas! ¡No te quedes atrás! ¡Vas a vencer!" Es dudoso si con estas palabras se alegraba más Hipómenes, el héroe hijo de Megareo, o Atalanta, la doncella hija de Esqueneo. ¡Oh, cuántas veces, cuando ya podía dejarlo atrás, se detenía ella y, después de contemplar largo rato el rostro del joven, lo dejaba bien contrariada! 

    De la boca fatigada de Hipómenes salía un seco resuello y la meta estaba lejos. Entonces por fin el descendiente de Neptuno arrojó uno de los tres frutos del árbol. Quedó atónita la doncella y por el deseo de la brillante fruta descuida la carrera y coge del suelo la fruta de oro que por él rodaba. Hipómenes la adelanta; entre el público se produce un sonoro aplauso. Ella con una veloz carrera recupera el tiempo perdido por detenerse y de nuevo deja al joven a su espalda. Y una vez más se detiene ella por el lanzamiento de la segunda fruta, pero logra alcanzar y dejar atrás al joven. 




    Quedaba el último tramo de la carrera. "¡Ayúdame ahora", dice Hipómenes, "diosa, a la que debo este obsequio!" y, para que ella tardara más en volver, arrojó con vigor juvenil la resplandeciente fruta de oro a un lado del campo y en dirección transversal. Pareció que la doncella dudaba si ir a buscarla. Yo la obligué a cogerla del suelo y, una vez que cogió la manzana, yo la hice más pesada y estorbé a Atalanta tanto por el peso de la fruta como por su detención y, para que mi relato no sea tan largo como la carrera, la doncella se quedó atrás: el vencedor se llevó su premio.


(Traducción de Antonio Ruiz de Elvira, Alma Mater, Barcelona, 1969; con modificaciones)

martes, 10 de mayo de 2022

JACINTO

 El siguiente relato se encuentra en las Metamorfosis (libro X, versos 162 - 219) del poeta romano Ovidio (43 a. C. - 17 d. C.)

    También a ti, Jacinto, hijo de Amiclas, te habría colocado Febo Apolo en el cielo si el funesto destino le hubiera dado tiempo para colocarte. Sin embargo, en la medida en que ello es posible, eres eterno y cuantas veces la primavera desplaza al invierno, y Aries sucede al lluvioso Piscis, otras tantas surges tú y tus flores en medio del verde césped.

    A ti, Jacinto, te amó más que a nadie mi padre, Apolo, y Delfos, situada en el medio del mundo, estuvo privada de su dios protector mientras este frecuentaba el río Eurotas y la no amurallada Esparta, y entretanto ni las cítaras ni las flechas gozaron de su favor. Apolo se olvida de su propia persona y no rehúsa llevar las redes ni sujetar los perros ni marchar como compañero por las cimas de una áspera montaña, y con su prolongado trato alimenta su fuego. Y ya el Sol se encontraba aproximadamente en el punto medio entre la noche que está por llegar y la que ha pasado y distaba igual trecho entre ambos extremos. Apolo y Jacinto despojan de ropas sus cuerpos, y se vuelven refulgentes por la impregnación de denso aceite, y celebran una competición de lanzamiento del ancho disco.

    Febo Apolo fue el primero que, después de balancear el disco, lo arrojó a los aires del cielo y con la pesada lámina hendió las nubes que se interponían. Tras un largo tiempo volvió a caer el disco a su tierra habitual y fue testimonio de la habilidad asociada a la fuerza. Inmediatamente el tenárida Jacinto, por imprudencia y estimulado por el deseo de empezar su actuación en el juego, corría a coger del suelo el disco, pero la dura tierra, haciéndolo rebotar hacia arriba, lo arrojó contra tu rostro, Jacinto. Tanto como este muchacho palideció el mismo dios Apolo y recogió los miembros que se desplomaban, y tan pronto trata de reanimarte como seca tus funestas heridas, o bien trata de sustentar, aplicándote hierbas, la vida que se escapa.


  De nada sirve su técnica: la herida de Jacinto era incurable. Como al pisotear en un regado jardín violetas, adormideras y lirios sujetos a sus azafranadas lenguas, esas plantas, marchitas, dejan caer de repente sus cabezas ajadas y no se sostienen y contemplan la tierra con su parte cimera, así yace el rostro moribundo de Jacinto, y el cuello, al que han abandonado las fuerzas, es una pesada carga para sí mismo y viene a descansar sobre su hombro. 

    "Te escapas, Jacinto, despojado de tu primera juventud", dice Febo Apolo, "y estoy viendo tu herida, que es una acusación contra mí. Tú eres mi dolor y mi crimen: mi diestra debe llevar inscrita tu muerte. Yo soy el responsable de tu destrucción. Y, sin embargo, ¿cuál es mi culpa, a menos que a jugar pueda llamársele culpa, a menos que también a amar se le pueda llamar culpa? ¡Y ojalá que se me permitiera entregar mi vida, como tú lo mereces, o a la vez que tú! Ahora bien, como la ley del destino me lo prohíbe, siempre estarás conmigo y permanecerás grabado en el perenne recuerdo de mis labios. A ti te proclamará la lira pulsada por mis manos, a ti mis canciones y, como una nueva flor, en tu escritura imitarás mis quejidos. Y llegará un tiempo en el que el más valiente de los héroes, Áyax, se adscribirá a esta flor y su nombre será leído en los mismos pétalos".

  


  Mientras la verídica boca de Apolo va enunciando estas cosas, he aquí que la sangre que, derramada por tierra, había marcado la hierba, deja de ser sangre y, más resplandeciente que la púrpura de Tiro, surge una flor que adopta la forma de los lirios, si no fuera porque aquellas tienen color rojo y estos, blanco. Esto no es suficiente para Apolo (pues era él quien había concedido esta gracia): en los pétalos de la flor escribe el propio dios sus quejidos y la flor lleva la inscripción AIAI, y en ella se han grabado letras de duelo. Y no se avergüenza Esparta de haber procreado a Jacinto; su culto se mantiene todavía y todos los años retornan las Jacintias para ser celebradas con la solemnidad de antaño y con un esplendor especial.

(Traducción de Antonio Ruiz de Elvira, Alma Mater, Madrid, 1969; con modificaciones)

lunes, 9 de mayo de 2022

ARACNE

El siguiente relato aparece en Las Metamorfosis (libro VI, versos 1 - 145) del poeta romano Ovidio (43 a. C. - 17 d. C.): 


Aracne, la extraordinaria bordadora

    La Tritonia Minerva había escuchado gustosamente estos relatos y había elogiado tanto los cantos de las Musas como su justa cólera. Y entonces se dijo: "Poco es alabar; que se me alabe a mí y no permita yo que mi divinidad sea despreciada impunemente". Y dirige su atención al destino de Aracne, de la región de Lidia, de la que había oído que no se consideraba inferior a la propia diosa Minerva en los primores del arte de la lana.

    Aracne no era ilustre por la posición ni por la nobleza de su familia, pero sí por su arte. Su padre Idmón, de la ciudad de Colofón, teñía la esponjosa lana con púrpura de la ciudad de Focea. Su madre había muerto, pero también ella había sido una mujer del pueblo y semejante a su marido. Aracne, sin embargo, se había ganado con su esfuerzo la fama en las ciudades de la región de Lidia, aunque, nacida en una casa humilde, vivía en la humilde ciudad de Hipepas.

La osadía de rivalizar con los dioses

    Para contemplar los admirables trabajos de Aracne muchas veces abandonaron las ninfas los viñedos de su monte Timolo y abandonaron sus aguas las ninfas del río Pactolo. Era agradable ver no solo los vestidos ya hechos, sino cómo los hacía (tanta elegancia tenía su trabajo), lo mismo si con la lana aún en bruto formaba los primeros ovillos, que si entre los dedos oprimía el material y suavizaba los mechones de lana, semejantes a neblinas, haciéndolos ir y venir en largos recorridos, y lo mismo si con su ligero pulgar hacía dar vueltas al torneado huso, que si dibujaba con la aguja: bien se veía que Minerva la había enseñado. Y, sin embargo, Aracne lo niega y, disgustada con una maestra tan excelente, dice: "Que compita conmigo. Si me vence, no me opondré a nada".


    Minerva adopta la figura de una vieja, se pone en las sienes canas falsas y sostiene además con un bastón sus miembros inseguros. A continuación empezó a hablar así: "No es despreciable todo lo que trae la edad avanzada. Con los muchos años viene la experiencia. No desprecies mi consejo: aspira tú a la máxima gloria entre los mortales en el trabajo de la lana, pero declárate inferior a la diosa Minerva y con palabras suplicantes pide perdón, temeraria, por tus pretensiones. Si tú se lo pides, la diosa te concederá su perdón".

    Aracne la mira ferozmente, abandona las hebras empezadas y, conteniendo a duras penas sus manos y manifestando su cólera en su rostro, contesta a la disfrazada Minerva con estas palabras: "Vienes privada de inteligencia y agotada por tu larga vejez. Mucho daña, en efecto, vivir demasiado. Que oiga esas palabras tu nuera, si la tienes, o, si no la tienes, tu hija. Suficiente consejo tengo yo en mí misma, y no creas que has logrado nada con tus advertencias: mi actitud sigue siendo la misma. ¿Por qué no viene la diosa en persona? ¿Por qué rehúsa esta competición?"

Aracne y Minerva compiten

    Entonces dijo la diosa: "Ya ha venido", y apartó la figura de vieja y mostró a Minerva. Adoran su divinidad las ninfas y las mujeres de Lidia. La joven Aracne es la única que no se asusta. Pero aun así enrojeció y un repentino rubor marcó a la fuerza su rostro y desapareció de nuevo, como suele el cielo ponerse de color púrpura cuando la Aurora comienza a moverse y, tras breve rato, palidecer con la salida del sol. Ella persiste en su decisión y con ambición de una necia victoria se lanza a su perdición. Pues no rehúsa Minerva, la hija de Júpiter, ni le hace más advertencias ni aplaza ya la competición.

    E inmediatamente colocan ambas en sitios distintos los dos telares y los tensan con fina urdimbre. La trama está sujeta al rodillo transversal, el peine separa unos de otros los hilos de la urdimbre, puntiagudas lanzaderas van haciendo pasar por medio la trama, que, desenvuelta por los dedos e introducida por entre los hilos de la urdimbre, es apisonada por los entallados dientes del peine contra el que golpea. 





    Las dos se dan prisa, y con los vestidos recogidos junto al pecho mueven con destreza los brazos, y su ardor no les deja darse cuenta de la fatiga. Allí se tejen tanto la púrpura que ha conocido el caldero de Tiro, como los delicados matices que son apenas distintos, a la manera como suele teñir con su inmensa curvatura un largo trecho de cielo el arcoíris, que surge cuando la lluvia atraviesa los rayos del sol. En el arcoíris, aunque brillan mil colores diversos, la transición misma, sin embargo, escapa a la mirada inquisitiva; hasta ese punto es lo mismo lo que toca y, sin embargo, los extremos están bien diferenciados. Allí también se incrusta oro en los hilos flexibles y se desarrolla en el tejido una antigua historia.

Descripción del bordado de Minerva

    Minerva borda en la acrópolis de Atenas el peñasco de Marte y la vieja disputa sobre el nombre del país. Doce divinidades, con Júpiter en el centro, están sentadas con augusta majestad en altos sitiales. El aspecto de cada uno de los dioses lo señala entre los demás: la imagen de Júpiter es la propia de un soberano. Minerva hace que Neptuno, el dios del mar, esté en pie y golpee las duras rocas con su largo tridente y hace que de la herida de la roca, de su entraña, brote un mar, regalo con el que se propone ganarse la ciudad. Minerva se borda a sí misma con un escudo, con una lanza de aguda punta, con un casco en la cabeza y con la égida que le protege el pecho y representa cómo la tierra, golpeada por la punta de su lanza, hace surgir una criatura vegetal, un olivo que blanquea, provisto de sus frutos, y cómo los dioses se admiran. Una Victoria es el remate de la obra.

    Pero para que Aracne, la rival de su obra, comprenda con ejemplos cuál es el premio que puede esperar por tan loco atrevimiento, Minerva añade en cuatro lugares cuatro competiciones, bien visibles por sus colores, compuestas de pequeñas figuras. Una de las esquinas tiene a la tracia Ródope y al Hemo (montes helados ahora, cuerpos mortales en otro tiempo), que se atribuyeron los nombres de los dioses supremos. Otro lugar tiene la desdichada suerte de la madre pigmea, a la que, vencida en una competición, Juno obligó a ser una grulla y a declarar la guerra a su propio pueblo. También bordó a Antígona, que en otro tiempo se atrevió a rivalizar con las esposa del gran Júpiter, y la soberana Juno la convirtió en pájaro; y no le sirvió Ilio ni su padre Laomedonte para evitar que, como cigüeña blanca que es por las alas que ha recibido, se aplauda a sí misma con el tableteo de su pico. La única escena que queda tiene a Cíniras, privado de su descendencia; abrazando él los peldaños del templo, que son los miembros de sus hijas, parece derramar lágrimas tendido en la piedra. Minerva rodea los bordes de la tela con ramas de olivo de la paz (tal es el ribete) y con su árbol pone fin a su trabajo.

Descripción del bordado de Aracne

    La licia Aracne dibuja a Europa engañada por la apariencia de un toro: se hubiera creído que era un verdadero toro, un mar verdadero. Europa parecía dirigir su mirada hacia la tierra que había dejado y llamar a sus compañeras y temer el contacto con el agua que saltaba junto a ella y encoger sus pies asustados. También hizo que Asterie estuviera sujeta por un águila que luchaba; hizo que Leda estuviera acostada bajo las alas de un cisne. Añadió cómo, oculto bajo la apariencia de un sátiro, llenó Júpiter de prole gemela a la bella Nicteide, cómo se convirtió en Anfitrión cuando se adueñó de ti, Alcmena, cómo siendo de oro engañó a Dánae, siendo fuego a la hija del río Asopo, a Mnemósine como pastor, como moteada serpiente a Prosérpina. También a ti, Neptuno, transformado en un fiero novillo, te colocó junto a la hija de Eolo; tú, Neptuno, tomando la forma del río Enipeo, engendras a los Aloídas, y como carnero engañas a la hija de Bisaltes; y como caballo te sufrió también la de rubios cabellos, Ceres, la madre bendita de las mieses, y te sufrió como criatura voladora Medusa, la de cabellos de serpientes, la madre del volador caballo Pégaso, y como delfín te sufrió Melanto. A todos estos les asignó su figura propia, así como la figura de cada región. Allí está, campesino por su aspecto, Febo Apolo, y cómo unas veces llevó alas de gavilán y otras lomo de león, cómo bajo la figura de un pastor engañó a Ise, la hija de Macareo, y cómo Baco engañó a Erígone con unas uvas falsas, y cómo Saturno mediante el cuerpo de un caballo engendró al centauro Quirón. La parte extrema de la tela, circundada por una estrecha franja, tiene, en el dibujo de su tejido, flores mezcladas con hiedra entrelazada.

Castigo y metamorfosis de Aracne



    No podría Minerva, no podría la Envidia poner reparos a la obra de Aracne. A Minerva, la varonil doncella rubia, le dolió aquel éxito y rompió aquellas telas bordadas que representaban acusaciones contra los dioses. Y como tenía en la mano una lanzadera procedente del monte de Citoro, golpeó tres o cuatro veces en la frente a Aracne, la hija de Idmón. No lo soportó la infeliz Aracne y tuvo el atrevimiento de atarse la garganta con un lazo. Colgaba ya cuando Minerva, compadecida, la sostuvo y le dijo así: "Vive, sí, pero cuelga, malvada; y que el mismo tipo de castigo, para que no estés libre de angustia por el futuro, quede sentenciado para tu linaje, incluso para tus remotos descendientes".

    Tras estas palabras, Minerva se apartó y roció a Aracne con los jugos de una hierba de Hécate, e inmediatamente los cabellos de Aracne, tocados por esta siniestra pócima, se consumieron, al mismo tiempo que la nariz y los ojos; la cabeza se le vuelve diminuta y también se hace pequeña Aracne en lo que respecta a su cuerpo. En el costado, en lugar de piernas, tiene incrustados unos dedos finísimos; lo demás lo ocupa el vientre, del que, a pesar de todo, ella hace brotar el hilo, y como araña trabaja sus antiguas telas.

(Traducción de Antonio Ruiz de Elvira, Alma Mater, Barcelona, 1969; con modificaciones)

domingo, 23 de mayo de 2021

EL DILUVIO: DEUCALIÓN Y PIRRA

     Se ofrece el relato que aparece en la Biblioteca mitológica de Apolodoro (libro I 46 - 48):


    Deucalión fue hijo de Prometeo. Deucalión, que reinaba sobre las regiones próximas a Ftía, se casa con Pirra, hija de Epimeteo y de Pandora, que fue la primera mujer a quien los dioses dieron forma. 

    Cuando Zeus decidió la destrucción de la raza de bronce, Deucalión, por consejo de Prometeo, construyó un arca y, disponiendo dentro de ella todo lo necesario, se embarcó en compañía de Pirra. Zeus hizo caer desde el cielo abundante lluvia e inundó la mayor parte de Grecia, de manera que murieron todos los hombres, excepto unos pocos que se refugiaron en las cumbres de las montañas próximas. Entonces se separaron también las montañas de Tesalia. Y todas las regiones, excepto el Istmo y el Peloponeso, quedaron inundadas.



    Pero Deucalión, después de ser transportado en el arca a través del mar durante nueve días y otras tantas noches, tocó tierra en el monte Parnaso y, desembarcando allí tras cesar las lluvias, ofreció un sacrificio en honor de Zeus, protector de la huida.
    
    Zeus envió junto a Deucalión al dios Hermes y le concedió que pidiera lo que deseara. Deucalión escogió poseer hombres. Zeus se lo concedió: Deucalión cogió unas piedras y las lanzó por encima de su cabeza. Las piedras que lanzaba Deucalión se convertían en hombres y las que lanzaba Pirra, en mujeres. Por eso, metafóricamente, se llamó al pueblo laos, de laas "piedra".


(Traducción de Julia García Moreno, Alianza Editorial, Madrid, 2013; con modificaciones)

EL VIAJE DE LOS ARGONAUTAS

 Ofrecemos a continuación la versión de este mito que aparece en la Biblioteca mitológica (libro I 107 - 147) de Apolodoro (s. I o II d. C.): 


Pelias ve su reino amenazado

     De Esón, hijo de Creteo, y de Polimede, hija de Autólico, nació Jasón. Este vivía en Yolco, donde, después de Creteo, reinaba Pelias. Este rey consultó al oráculo acerca de su reino y el dios Apolo le profetizó que tuviera cuidado con aquel que tenía solo una sandalia. En un primer momento Pelias no entendió la profecía, pero más tarde sí la comprendió.

    En efecto, Pelias, mientras realizaba un sacrificio en honor de Posidón a orillas del mar, llamó a Jasón y a otros muchos para que asistieran. Jasón, dedicado al cultivo de la tierra, vivía en el campo y se dio prisa para llegar al sacrificio, pero, tras cruzar el río Anauro, salió con una sola sandalia, pues perdió la otra en la corriente. Cuando Pelias lo vio, interpretó el oráculo; entonces se le acercó a Jasón y le preguntó qué haría si tuviera él el poder y un oráculo le advirtiera que sería asesinado por uno de sus ciudadanos. Jasón, bien por casualidad, bien por la cólera de Hera, para que Medea le acarreara la ruina a Pelias (pues Pelias había despreciado a Hera) respondió que le ordenaría traer el vellocino de oro. Cuando escuchó esto, Pelias le ordenó al instante que partiera en busca del vellocino. Este vellocino estaba en la Cólquide, en el bosque de Ares, colgado de una encina y vigilado por un dragón insomne. 

Jasón y los Argonautas preparan la expedición hacia la Cólquide

    Enviado a esta misión, Jasón le pidió ayuda a Argo, el hijo de Frixo. Argo, por inspiración de Atenea, construyó una nave de cincuenta remos llamada Argo, por el nombre de su constructor. En la proa Atenea puso un mascarón parlante construido con madera de haya de Dodona. Cuando la nave estuvo lista, Jasón consultó al oráculo y el dios Apolo le permitió hacerse a la mar, después de reunir a los más valientes de Grecia. [...]



    En Lemnos

    Cuando se hicieron a la mar bajo el mando de Jasón, llegaron a Lemnos. Se daba la circunstancia de que por entonces Lemnos estaba despoblada de varones y ejercía el mando Hipsípila, hija de Toante, por el siguiente motivo. Las mujeres de Lemnos no le rendían culto a Afrodita, por eso esta diosa les envió un olor fétido que provocó que sus maridos se unieran a unas mujeres de Tracia que habían hecho prisioneras. Sintiéndose despreciadas, las mujeres de Lemnos dieron muerte a sus padres y a sus maridos. Hipsípila fue la única que ocultó a su padre y lo salvó. Por tanto, habiendo llegado en un momento en el que Lemnos estaba gobernada solo por mujeres, los Argonautas se unieron con ellas. Hipsípila se unió con Jasón y dio a luz a dos hijos: Euneo y Nebrófono.

    En el país de los dolíones

    Desde Lemnos llegaron a la región de los dolíones, sobre los que reinaba Cícico. Este los acogió amistosamente. Los Argonautas partieron del reino de Cícico por la noche y se encontraron con vientos contrarios, de tal manera que, equivocando el rumbo, llegaron de nuevo a la región de los dolíones. Estos, creyendo que se trataba de un ejército pelásgico (pues los pelásgicos atacaban constantemente a los dolíones), trabaron batalla por la noche con los Argonautas, sin que unos y otros se reconocieran. Los Argonautas mataron a muchos, entre ellos al rey Cícico. Pero ya de día, cuando los Argonautas se dieron cuenta, afligidos, se cortaron los cabellos y enterraron suntuosamente a Cícico. Tras cumplir con estas ceremonias fúnebres, los Argonautas se hicieron a la mar y llegaron a Misia.

    En Misia. Pérdida de Hilas

    Allí, en Misia, dejaron a Heracles y a Polifemo. Pues Hilas, hijo de Tiodamante y amante de Heracles, había sido enviado a buscar agua y por su belleza las ninfas lo raptaron. Pero Polifemo lo oyó gritar, desenvainó la espada y comenzó a buscarlo, creyendo que lo habían raptado unos ladrones. Polifemo se encontró con Heracles y lo informó del asunto. Mientras ambos buscaban a Hilas, la nave Argo se hizo a la mar: Polifemo fundó en Misia la ciudad de Cíos y reinó en ella; Heracles regresó a la ciudad de Argos. [...] 

    Ámico, rey de los bébrices

    Desde Misia partieron hacia el país de los bébrices, donde reinaba Ámico, hijo de Posidón  y de la ninfa bitinia. Cuando Ámico se convirtió en un hombre valeroso, obligaba a los extranjeros que llegaban a su país a luchar contra él a puñetazos y de esta manera les daba muerte. Cuando llegó la nave Argo, Ámico desafió al mejor de los hombres a luchar. Polideuces aceptó el reto y boxeó con él. Polideuces golpeó a Ámico con el codo y le dio muerte. Los bébrices se le echaron encima, pero los Argonautas cogieron rápidamente las armas y mataron a muchos mientras huían.

    Fineo y las harpías

    Desde el país de los bébrices, tras hacerse a la mar, llegaron a Salmideso de Tracia, donde vivía Fineo, un adivino que estaba privado de la vista [...] Algunos dicen que los dioses lo habían privado de la vista por haberles revelado a los hombres el futuro [...] Los dioses enviaron también contra Fineo a las Harpías. Estas criaturas tenían alas y, cuando Fineo se disponía a comer, se lanzaban desde el cielo y le arrebataban a Fineo la mayor parte de los alimentos, y lo poco que dejaban quedaba impregnado de un olor tal que no se podía luego llevar a la boca. Cuando los Argonautas quisieron informarse sobre la ruta que debían seguir, Fineo les dijo que les daría los consejos oportunos para su travesía si lo liberaban de las Harpías. Entonces los Argonautas prepararon una mesa llena de alimentos: de repente las Harpías con grandes gritos se arrojaron volando y cogieron esos alimentos. Al ver esto, los hijos de Bóreas, Zetes y Calais, que tenían alas, desenvainaron las espadas y se lanzaron a perseguir a las Harpías por el aire. El destino de las Harpías era morir a manos de los hijos de Bóreas y el de los hijos de Bóreas morir si las perseguían y no las atrapaban. [...] Las Harpías fueron perseguidas hasta las islas Estrofíades, pero no sufrieron daño alguno, pues le habían hecho el juramento a Fineo de que ya no lo molestarían más.

    Habiendo sido liberado de las Harpías, Fineo les reveló a los Argonautas la ruta de navegación y los previno contra las rocas Simplégades del mar. Estas rocas eran enormes y chocaban unas con otras por la fuerza de los vientos, cerrando el paso por el mar. Sobre ellas flotaba una espesa niebla y se oía un fuerte estrépito; incluso a las aves les resultaba imposible pasar entre ellas. Por eso, Fineo les aconsejó que soltasen una paloma por entre esas rocas: si veían que esta quedaba sana y salva, debían confiar en atravesar ellos las rocas; si la paloma moría, no debían forzar el paso. 

    Las rocas Simplégades o Entrechocantes

    Tras oír esto,los Argonautas se hicieron a la mar y cuando estaban cerca de las rocas Simplégades, soltaron desde la proa una paloma. Cuando esta pasaba volando a través de las rocas, estas, al entrechocar, le cortaron la punta de la cola. Entonces los Argonautas esperaron a que las rocas se separaran y, con un empuje fuerte de remos y con la ayuda de Hera, lograron atravesarlas, aunque el extremo de la curvada y adornada popa fue recortado en redondo. Desde entonces las Simplégades se detuvieron, pues una profecía establecía que, si una nave lograba atravesarlas, quedarían fijas para siempre.

    Luego los Argonautas llegaron al país de los mariandinos y allí su rey Lico los acogió amistosamente. En ese país murió el adivino Idmón, herido por un jabalí, y también murió Tifis, el piloto. Anceo se hizo cargo del gobierno de la nave. 



    Llegada a la Cólquide. Pruebas para conseguir el vellocino: intervención de Medea

    Tras costear el Termodonte y el Cáucaso, los Argonautas llegaron al río Fasis, que pertenece a la Cólquide. Una vez que la nave llegó al puerto de este lugar, Jasón se dirigió al rey Eetes, le comunicó las órdenes que le había dado Pelias y le rogó que le entregara el vellocino. Eetes le prometió que le daría el vellocino si era capaz él solo de poner bajo el yugo unos toros de pezuñas de bronce. Tenía Eetes dos toros salvajes que se destacaban por su tamaño, regalo de Hefesto, y que tenían las pezuñas de bronce y exhalaban fuego por la boca.  Eetes le ordenó a Jasón que unciera los toros al yugo y que sembrara unos dientes de dragón, pues había recibido de Atenea la mitad de los que Cadmo había sembrado en Tebas. Mientras Jasón cavilaba cómo podría uncir los toros, se enamoró de él Medea. Esta, hija de Eetes y de Idía (hija a su vez de Océano), era maga.

    Medea temía que los toros destrozaran a Jasón, por eso prometió ayudarle, a escondidas de su padre, a uncir los toros y a que obtuviera el vellocino, si juraba que la haría su mujer y que la llevaría navegando con él a Grecia. Una vez que Jasón lo juró, Medea le dio una pócima y le dijo que untara con ella el escudo, la lanza y el cuerpo cuando fuera a uncir a los toros. Le indicó que, untado con esta pócima, no podría ser dañado ni por el hierro ni por el fuego durante un solo día. Le especificó también que, una vez que sembrara los dientes, nacerían de la tierra unos hombres armados contra él, a quienes debía lanzarles, cuando los viera apiñados, una piedra en medio y que podría matarlos cuando empezaran a luchar unos contra otros por la piedra.

    Después de escuchar esto, Jasón se untó con la pócima, llegó al recinto sagrado del templo y comenzó a buscar a los toros. Cuando estos se lanzaron contra él con bocanadas de fuego, los unció. Sembró los dientes y surgieron de la tierra unos hombres armados. Una vez que Jasón los vio apiñados, lanzó disimuladamente unas piedras y, mientras los hombres armados luchaban entre sí por ellas, se acercó y les dio muerte.

    Pero, a pesar de que Jasón había uncido los toros, Eetes no le dio el vellocino. Este además se proponía quemar la nave Argo y matar a sus tripulantes. Pero Medea se adelantó: llevó por la noche a Jasón a donde estaba el vellocino y, tras adormecer con sus brebajes al dragón que lo vigilaba, se hizo dueña del vellocino y se dirigió en compañía de Jasón hacia la nave Argo. Su hermano Apsirto la acompañaba. Por la noche se hicieron a la mar junto con los Argonautas.

    Los Argonautas huyen de la Cólquide. Aventuras del viaje de regreso

    Cuando Eetes se enteró del atrevimiento de Medea, se lanzó a perseguir la nave. Pero Medea, al ver que se acercaba, mató a su hermano, lo troceó y lo arrojó al mar. Entonces Eetes, por reunir los trozos del niño, se quedó rezagado en la persecución. Por ello dio la vuelta, enterró las partes del niño que había salvado y llamó a este lugar Tomos. Después envió a muchos colcos en persecución de la nave Argo, bajo la amenaza de que si no le traían a Medea, sufrirían ellos el castigo reservado a esta. Así, cada cual se distribuyó por un sitio y dieron comienzo a la búsqueda.

    Cuando los Argonautas costeaban ya el río Erídano, Zeus, encolerizado con ellos por el asesinato de Apsirto, les envió una violenta tempestad y les hizo perder el rumbo. Mientras costeaban las islas Apsírtidas, la nave Argo dijo que la cólera de Zeus no cesaría si no se dirigían a Ausonia y eran purificados del asesinato de Apsirto por Circe. Así, tras atravesar por pueblos ligures y celtas y tras cruzar por el mar de Cerdeña, pasaron junto a Tirrenia y llegaron a la isla de Eea, donde le suplicaron a Circe y fueron purificados por esta.

    Cuando pasaron por la región de las Sirenas, Orfeo logró retener a los Argonautas entonando un canto contrario al de ellas. Solo Butes se lanzó hacia ellas, aunque Afrodita lo rescató y lo instaló en Lilibeo.

    Después de las Sirenas, la nave se encontró con Caribdis, Escila y las Rocas Errantes, por encima de las cuales podía verse cómo se elevaban densas bocanadas de fuego y humo. Pero Tetis, junto con las Neridas, a ruegos de Hera, condujo a la nave a través de ellas.

    Pasaron de largo por la isla Trinacia, donde se encuentran los rebaños de Helio, y llegaron a Corcira, la isla de los feacios, cuyo rey era Alcínoo. Los colcos, por su parte, no pudieron encontrar la nave Argo y se acabaron estableciendo unos en los montes Ceraunios y otros, trasladándose hacia la Iliria, colonizaron las islas Apsírtidas. Algunos de los colcos llegaron hasta la isla de los feacios, encontraron la nave Argo y le pidieron al rey Alcínoo que les devolviera a Medea. Entonces Alcínoo les respondió que si Medea ya había tenido relaciones con Jasón, se la entregaría a este, pero si aún era doncella, se la entregaría a su padre. Arete, la mujer de Alcínoo, se anticipó e hizo que Medea se uniera con Jasón. Por eso, los colcos acabaron asentándose entre los feacios, mientras que los Argonautas se hicieron a la mar con Medea.

    Mientras navegaban de noche, se encontraron con una terrible tempestad. Entonces Apolo, apostado en las cumbres Melantias, disparó una flecha al mar y esta resplandeció. Cuando los Argonautas vieron una isla cerca, anclaron en ella y la llamaron "Aparición", por haber aparecido inesperadamente. Levantaron un altar en honor de Apolo Resplandeciente, celebraron sacrificios e hicieron un festín. [...]

    Tras partir desde esa isla, Talo les impedía alcanzar las costas de Creta. Unos dicen que Talo era de la raza de bronce, otros dicen que Hefesto se lo había dado a Minos. Talo era un hombre de bronce, aunque otros dicen que era un toro; tenía una única vena que se extendía desde el cuello hasta los tobillos. Un clavo de bronce remataba el extremo de la vena. Talo vigilaba la isla de Creta corriendo alrededor de esta tres veces al día. Por ello, cuando vio que la Argo se acercaba navegando, le lanzó piedras. Pero engañado por Medea murió o, según dicen algunos, Medea lo volvió loco con una pócima. Según otros, Medea le prometió a Talo hacerlo inmortal, le sacó el clavo, se derramó todo el "icor" y Talo murió. Otros afirman que Talo murió alcanzado en el tobillo por las flechas de Peante.



    Llegada a Yolco. Venganza sobre Pelias

    Permanecieron en Creta una sola noche y atracaron luego en Egina con la intención de abastecerse de agua; entre ellos surgió rivalidad por extraer el agua. Desde allí navegaron entre Eubea y Lócride, y llegaron a Yolco, después de haber empleado en toda la travesía cuatro meses.

    Pelias, que había perdido la esperanza de que los Argonautas regresaran, quiso matar a Esón. Pero este, implorando su propia muerte mientras realizaba un sacrificio, bebió sin miedo la sangre del toro y murió. Sin embargo, la madre de Jasón maldijo a Pelias y, tras abandonar a su hijo, que aún no hablaba, se ahorcó. Después Pelias dio muerte al niño que aquella había abandonado.

    Cuando Jasón regresó, le entregó el vellocino a Pelias, pero con el deseo de vengar los agravios sufridos, esperó el momento oportuno. Navegó hacia el Istmo en compañía de los demás héroes y consagró la nave Argo a Posidón. Luego invitó a Medea a buscar cómo podría castigar a Pelias. Medea se acercó al palacio de Pelias y convenció a las hijas de este para que trocearan a su padre y lo cocieran, prometiéndoles que con un brebaje lo rejuvenecería. Y para que la creyeran, despiezó y coció un carnero, y a continuación lo convirtió en cordero. Entonces, las hijas de Pelias, confiadas, trocearon a su padre y lo cocieron. Acasto enterró a su padre, Pelias, con ayuda de los habitantes de Yolco y expulsó a Jasón y a Medea de Yolco.

    Desenlace de la relación entre Jasón y Medea

    Jasón y Medea llegaron a Corinto y vivieron felices durante diez años, hasta que Creonte, el rey de Corinto, le prometió a Jasón a su hija Glauce en matrimonio. Jasón despreció a Medea y se casó con Glauce. Entonces Medea, invocando a los dioses por los que había jurado Jasón y reprochándole a este su ingratitud, envió a la recién casada una túnica empapada con brebajes. Cuando Glauce se la puso, se consumió en un violento fuego junto con su padre, que había acudido en su ayuda. Además Medea mató a los hijos que había tenido con Jasón: Mérmero y Feres. Tomó de Helio un carro de dragones alados, huyó en él y llegó a Atenas [...] En Atenas Medea se casó con Egeo y dio a luz a un niño llamado Medo. Pero más tarde, por conspirar contra Teseo, fue expulsada de Atenas junto con su hijo Medo. Este, por su parte, logró dominar a muchos bárbaros y llamó Media a toda la región que estaba bajo su poder. Después marchó contra los indios y murió.

    Finalmente Medea llegó a la Cólquide como una desconocida y se encontró con que su padre Eetes había sido despojado del reino por Perses, hermano de este. Medea le dio muerte a Perses y restableció a su padre en el reino.

(Traducción de José Calderón Felices, Akal, Madrid, 1987; con modificaciones)

lunes, 25 de junio de 2018

PERSEO



    Seguimos el relato que ofrece Apolodoro (siglo I o II d.C.) en su Biblioteca mitológica (libro II, 34 y siguientes):


El oráculo


            Cuando Acrisio le preguntó al oráculo sobre el nacimiento de hijos varones, el dios Apolo le respondió que de su hija nacería un niño que le daría muerte.

            Lleno de temor, Acrisio construyó bajo tierra una habitación de bronce y allí guardó a su hija Dánae. Sin embargo, según dicen algunos, a esta la sedujo Preto y de aquí surgió la querella entre Acrisio y Preto. Según aseguran otros, Zeus se transformó en una ráfaga de oro, se deslizó a través del techo hasta el seno de Dánae y se unió a ella.

            Cuando más tarde Acrisio se enteró de que de su hija había nacido Perseo, no se creyó que hubiera sido seducida por Zeus. Puso en un arca a su hija junto con el niño y los arrojó al mar. 


Perseo y la cabeza de Medusa


            En cuanto el arca llegó a la isla de Sérifos, Dictis los sacó de ella y se encargó de la crianza del niño. El hermano de Dictis, Polidectes, que era entonces el rey de Sérifos, se enamoró de Dánae. Al no poder tener relaciones con ella, ya que Perseo era ya un hombre, convocó a sus amigos y con ellos también a Perseo, y les dijo que reuniesen regalos para la boda de Hipodamía, la hija de Enómao. Perseo dijo que no rechazaría esta invitación ni aunque tuviera que traer la cabeza de la Gorgona. Así que Polidectes les pidió caballos a los demás, pero no aceptó los caballos de Perseo: a este le ordenó que trajese la cabeza de la Gorgona.



Las Fórcides y las Ninfas


            Perseo, guiado por Atenea y Hermes, fue al encuentro de las Fórcides: Enio, Pefredo y Dino. Estas eran hijas de Ceto y de Forcis; eran hermanas de las Gorgonas y viejas desde su nacimiento. Tenían las tres un solo ojo y un solo diente y, por turnos, se lo pasaban de una a otra. Perseo les arrebató el ojo y el diente. Cuando las Fórcides se lo pidieron, les dijo que se los devolvería si le indicaban cuál era el camino que conducía a las Ninfas, las cuales tenían unas sandalias aladas y la kíbisis, que era una especie de zurrón. […] Las Ninfas tenían además el casco de Hades.

            Cuando las Fórcides le mostraron el camino, les devolvió el diente y el ojo. En cuanto llegó a presencia de las Ninfas, consiguió los objetos que buscaba. Se colgó la kíbisis, se ajustó las sandalias aladas a los tobillos y colocó sobre su cabeza el casco de Hades, con el que podía ver a los que quería sin que él fuera visible al resto. A su vez Hermes le entregó una hoz de acero.


Perseo decapita a Medusa


            Perseo llegó volando hasta el Océano. Allí sorprendió a las Gorgonas durmiendo. Las Gorgonas eran Esteno, Euríale y Medusa, que era la única mortal (por eso Perseo fue enviado en busca de su cabeza). Las Gorgonas tenían la cabeza rodeada de escamosas espirales de serpientes, grandes dientes como de jabalíes, manos de bronce y unas alas de oro, con las que volaban. A los que miraban los convertían en piedra.

            Así pues, Perseo se colocó junto a ellas mientras dormían. Mientras la diosa Atenea guiaba su mano, Perseo dirigió su mirada hacia el escudo de bronce en el que veía reflejada la imagen de la Gorgona y logró decapitarla. Cuando Perseo le cortó la cabeza, surgieron de la Gorgona el caballo alado Pegaso y Crisaor, el padre de Geriones. Estos habían sido engendrados por Posidón. Entonces Perseo metió en la kíbisis la cabeza de la Gorgona y emprendió el regreso. Pero las Gorgonas despertaron de su sueño y empezaron a perseguirlo, sin embargo, no lo podían ver gracias al casco que lo hacía invisible.




Perseo y Andrómeda


            Cuando llegó a Etiopía, donde reinaba Cefeo, se encontró a la hija de este abandonada como presa para un monstruo marino. Pues Casiopea, la esposa de Cefeo, había competido en belleza con las Nereidas y se jactaba de ser superior a todas ellas. Por eso se habían encolerizado las Nereidas. Y Posidón, que compartía su indignación, envió una inundación y un monstruo contra la comarca. No obstante, el dios Amón vaticinó que se verían libres de la calamidad si la hija de Casiopea, Andrómeda, era ofrecida como alimento al monstruo. Cefeo fue obligado por los etíopes a hacer tal cosa y encadenó a su hija a una roca.

            Al verla, Perseo se enamoró de ella y le prometió a Cefeo que acabaría con el monstruo si, una vez que Andrómeda estuviese a salvo, se la daba por esposa. Tras realizar los debidos juramentos en estos términos, Perseo se enfrentó al monstruo, le dio muerte y liberó a Andrómeda.

            Entonces Fineo, que era hermano de Cefeo y estaba prometido con anterioridad a Andrómeda, tramó un complot contra Perseo. Perseo tuvo conocimiento de este plan, le mostró a Fineo y a sus cómplices la cabeza de la Gorgona y al instante los convirtió a todos en piedra.




Regreso a Sérifos


            Cuando Perseo regresó a Sérifos, se encontró con que su madre, junto con Dictis, se había refugiado en los altares debido a la violencia de Polidectes. Así que entró en el palacio donde Polidectes había convocado a sus fieles, se dio la vuelta y les mostró la cabeza de la Gorgona. En cuanto la miraron, quedaron petrificados, en la postura que cada uno tenía en ese momento. Tras poner a Dictis como rey de Sérifos, le devolvió a Hermes las sandalias, la kíbisis y el casco, pero la cabeza de la Gorgona se la dio a Atenea. Hermes les devolvió esos objetos a las Ninfas, mientras que Atenea colocó en el centro de su escudo la cabeza de la Gorgona. Algunos dicen que Medusa fue decapitada por causa de Atenea, pues esta Gorgona había pretendido rivalizar en belleza con ella.


Cumplimiento del oráculo


            Perseo, en compañía de Dánae y de Andrómeda, se dirigió rápidamente hacia Argos para ver a Acrisio. Pero cuando este se enteró de que Perseo venía, temeroso del oráculo, abandonó Argos y se encaminó al país de los pelasgos. Teutámidas, rey de Larisa, había organizado un certamen atlético en honor de su padre muerto, y Perseo también acudió con el propósito de participar en él. Cuando competía en el pentatlo, Perseo le fue a dar con el disco en el pie a Acrisio y al punto le causó la muerte. Entonces se dio cuenta de que se había cumplido el oráculo y enterró a Acrisio fuera de la ciudad. Perseo sintió reparos de regresar a Argos por la herencia de un hombre que había muerto por su causa, así que se dirigió a Tirinte junto a Megapentes, el hijo de Preto. Con este hizo un cambio y le entregó el reino de Argos. Por eso Megapentes reinó sobre los de Argos y Perseo en Tirinte, tras haber fortificado Midea y Micenas.

            Perseo tuvo hijos de Andrómeda. Antes de haber ido a Grecia, tuvo a Perses, al que dejó con Cefeo (de Perses se dice que descienden los reyes de Persia). En Micenas tuvo a Alceo, Esténelo, Heleo, Méstor y Electrión, y una hija, Gorgófone, a quien tomó por esposa Perieres.

(Trad. de José Calderón Felices, Akal, Madrid, 1987; con modificaciones)