domingo, 23 de mayo de 2021

EL DILUVIO: DEUCALIÓN Y PIRRA

     Se ofrece el relato que aparece en la Biblioteca mitológica de Apolodoro (libro I 46 - 48):


    Deucalión fue hijo de Prometeo. Deucalión, que reinaba sobre las regiones próximas a Ftía, se casa con Pirra, hija de Epimeteo y de Pandora, que fue la primera mujer a quien los dioses dieron forma. 

    Cuando Zeus decidió la destrucción de la raza de bronce, Deucalión, por consejo de Prometeo, construyó un arca y, disponiendo dentro de ella todo lo necesario, se embarcó en compañía de Pirra. Zeus hizo caer desde el cielo abundante lluvia e inundó la mayor parte de Grecia, de manera que murieron todos los hombres, excepto unos pocos que se refugiaron en las cumbres de las montañas próximas. Entonces se separaron también las montañas de Tesalia. Y todas las regiones, excepto el Istmo y el Peloponeso, quedaron inundadas.



    Pero Deucalión, después de ser transportado en el arca a través del mar durante nueve días y otras tantas noches, tocó tierra en el monte Parnaso y, desembarcando allí tras cesar las lluvias, ofreció un sacrificio en honor de Zeus, protector de la huida.
    
    Zeus envió junto a Deucalión al dios Hermes y le concedió que pidiera lo que deseara. Deucalión escogió poseer hombres. Zeus se lo concedió: Deucalión cogió unas piedras y las lanzó por encima de su cabeza. Las piedras que lanzaba Deucalión se convertían en hombres y las que lanzaba Pirra, en mujeres. Por eso, metafóricamente, se llamó al pueblo laos, de laas "piedra".


(Traducción de Julia García Moreno, Alianza Editorial, Madrid, 2013; con modificaciones)

EL VIAJE DE LOS ARGONAUTAS

 Ofrecemos a continuación la versión de este mito que aparece en la Biblioteca mitológica (libro I 107 - 147) de Apolodoro (s. I o II d. C.): 


Pelias ve su reino amenazado

     De Esón, hijo de Creteo, y de Polimede, hija de Autólico, nació Jasón. Este vivía en Yolco, donde, después de Creteo, reinaba Pelias. Este rey consultó al oráculo acerca de su reino y el dios Apolo le profetizó que tuviera cuidado con aquel que tenía solo una sandalia. En un primer momento Pelias no entendió la profecía, pero más tarde sí la comprendió.

    En efecto, Pelias, mientras realizaba un sacrificio en honor de Posidón a orillas del mar, llamó a Jasón y a otros muchos para que asistieran. Jasón, dedicado al cultivo de la tierra, vivía en el campo y se dio prisa para llegar al sacrificio, pero, tras cruzar el río Anauro, salió con una sola sandalia, pues perdió la otra en la corriente. Cuando Pelias lo vio, interpretó el oráculo; entonces se le acercó a Jasón y le preguntó qué haría si tuviera él el poder y un oráculo le advirtiera que sería asesinado por uno de sus ciudadanos. Jasón, bien por casualidad, bien por la cólera de Hera, para que Medea le acarreara la ruina a Pelias (pues Pelias había despreciado a Hera) respondió que le ordenaría traer el vellocino de oro. Cuando escuchó esto, Pelias le ordenó al instante que partiera en busca del vellocino. Este vellocino estaba en la Cólquide, en el bosque de Ares, colgado de una encina y vigilado por un dragón insomne. 

Jasón y los Argonautas preparan la expedición hacia la Cólquide

    Enviado a esta misión, Jasón le pidió ayuda a Argo, el hijo de Frixo. Argo, por inspiración de Atenea, construyó una nave de cincuenta remos llamada Argo, por el nombre de su constructor. En la proa Atenea puso un mascarón parlante construido con madera de haya de Dodona. Cuando la nave estuvo lista, Jasón consultó al oráculo y el dios Apolo le permitió hacerse a la mar, después de reunir a los más valientes de Grecia. [...]



    En Lemnos

    Cuando se hicieron a la mar bajo el mando de Jasón, llegaron a Lemnos. Se daba la circunstancia de que por entonces Lemnos estaba despoblada de varones y ejercía el mando Hipsípila, hija de Toante, por el siguiente motivo. Las mujeres de Lemnos no le rendían culto a Afrodita, por eso esta diosa les envió un olor fétido que provocó que sus maridos se unieran a unas mujeres de Tracia que habían hecho prisioneras. Sintiéndose despreciadas, las mujeres de Lemnos dieron muerte a sus padres y a sus maridos. Hipsípila fue la única que ocultó a su padre y lo salvó. Por tanto, habiendo llegado en un momento en el que Lemnos estaba gobernada solo por mujeres, los Argonautas se unieron con ellas. Hipsípila se unió con Jasón y dio a luz a dos hijos: Euneo y Nebrófono.

    En el país de los dolíones

    Desde Lemnos llegaron a la región de los dolíones, sobre los que reinaba Cícico. Este los acogió amistosamente. Los Argonautas partieron del reino de Cícico por la noche y se encontraron con vientos contrarios, de tal manera que, equivocando el rumbo, llegaron de nuevo a la región de los dolíones. Estos, creyendo que se trataba de un ejército pelásgico (pues los pelásgicos atacaban constantemente a los dolíones), trabaron batalla por la noche con los Argonautas, sin que unos y otros se reconocieran. Los Argonautas mataron a muchos, entre ellos al rey Cícico. Pero ya de día, cuando los Argonautas se dieron cuenta, afligidos, se cortaron los cabellos y enterraron suntuosamente a Cícico. Tras cumplir con estas ceremonias fúnebres, los Argonautas se hicieron a la mar y llegaron a Misia.

    En Misia. Pérdida de Hilas

    Allí, en Misia, dejaron a Heracles y a Polifemo. Pues Hilas, hijo de Tiodamante y amante de Heracles, había sido enviado a buscar agua y por su belleza las ninfas lo raptaron. Pero Polifemo lo oyó gritar, desenvainó la espada y comenzó a buscarlo, creyendo que lo habían raptado unos ladrones. Polifemo se encontró con Heracles y lo informó del asunto. Mientras ambos buscaban a Hilas, la nave Argo se hizo a la mar: Polifemo fundó en Misia la ciudad de Cíos y reinó en ella; Heracles regresó a la ciudad de Argos. [...] 

    Ámico, rey de los bébrices

    Desde Misia partieron hacia el país de los bébrices, donde reinaba Ámico, hijo de Posidón  y de la ninfa bitinia. Cuando Ámico se convirtió en un hombre valeroso, obligaba a los extranjeros que llegaban a su país a luchar contra él a puñetazos y de esta manera les daba muerte. Cuando llegó la nave Argo, Ámico desafió al mejor de los hombres a luchar. Polideuces aceptó el reto y boxeó con él. Polideuces golpeó a Ámico con el codo y le dio muerte. Los bébrices se le echaron encima, pero los Argonautas cogieron rápidamente las armas y mataron a muchos mientras huían.

    Fineo y las harpías

    Desde el país de los bébrices, tras hacerse a la mar, llegaron a Salmideso de Tracia, donde vivía Fineo, un adivino que estaba privado de la vista [...] Algunos dicen que los dioses lo habían privado de la vista por haberles revelado a los hombres el futuro [...] Los dioses enviaron también contra Fineo a las Harpías. Estas criaturas tenían alas y, cuando Fineo se disponía a comer, se lanzaban desde el cielo y le arrebataban a Fineo la mayor parte de los alimentos, y lo poco que dejaban quedaba impregnado de un olor tal que no se podía luego llevar a la boca. Cuando los Argonautas quisieron informarse sobre la ruta que debían seguir, Fineo les dijo que les daría los consejos oportunos para su travesía si lo liberaban de las Harpías. Entonces los Argonautas prepararon una mesa llena de alimentos: de repente las Harpías con grandes gritos se arrojaron volando y cogieron esos alimentos. Al ver esto, los hijos de Bóreas, Zetes y Calais, que tenían alas, desenvainaron las espadas y se lanzaron a perseguir a las Harpías por el aire. El destino de las Harpías era morir a manos de los hijos de Bóreas y el de los hijos de Bóreas morir si las perseguían y no las atrapaban. [...] Las Harpías fueron perseguidas hasta las islas Estrofíades, pero no sufrieron daño alguno, pues le habían hecho el juramento a Fineo de que ya no lo molestarían más.

    Habiendo sido liberado de las Harpías, Fineo les reveló a los Argonautas la ruta de navegación y los previno contra las rocas Simplégades del mar. Estas rocas eran enormes y chocaban unas con otras por la fuerza de los vientos, cerrando el paso por el mar. Sobre ellas flotaba una espesa niebla y se oía un fuerte estrépito; incluso a las aves les resultaba imposible pasar entre ellas. Por eso, Fineo les aconsejó que soltasen una paloma por entre esas rocas: si veían que esta quedaba sana y salva, debían confiar en atravesar ellos las rocas; si la paloma moría, no debían forzar el paso. 

    Las rocas Simplégades o Entrechocantes

    Tras oír esto,los Argonautas se hicieron a la mar y cuando estaban cerca de las rocas Simplégades, soltaron desde la proa una paloma. Cuando esta pasaba volando a través de las rocas, estas, al entrechocar, le cortaron la punta de la cola. Entonces los Argonautas esperaron a que las rocas se separaran y, con un empuje fuerte de remos y con la ayuda de Hera, lograron atravesarlas, aunque el extremo de la curvada y adornada popa fue recortado en redondo. Desde entonces las Simplégades se detuvieron, pues una profecía establecía que, si una nave lograba atravesarlas, quedarían fijas para siempre.

    Luego los Argonautas llegaron al país de los mariandinos y allí su rey Lico los acogió amistosamente. En ese país murió el adivino Idmón, herido por un jabalí, y también murió Tifis, el piloto. Anceo se hizo cargo del gobierno de la nave. 



    Llegada a la Cólquide. Pruebas para conseguir el vellocino: intervención de Medea

    Tras costear el Termodonte y el Cáucaso, los Argonautas llegaron al río Fasis, que pertenece a la Cólquide. Una vez que la nave llegó al puerto de este lugar, Jasón se dirigió al rey Eetes, le comunicó las órdenes que le había dado Pelias y le rogó que le entregara el vellocino. Eetes le prometió que le daría el vellocino si era capaz él solo de poner bajo el yugo unos toros de pezuñas de bronce. Tenía Eetes dos toros salvajes que se destacaban por su tamaño, regalo de Hefesto, y que tenían las pezuñas de bronce y exhalaban fuego por la boca.  Eetes le ordenó a Jasón que unciera los toros al yugo y que sembrara unos dientes de dragón, pues había recibido de Atenea la mitad de los que Cadmo había sembrado en Tebas. Mientras Jasón cavilaba cómo podría uncir los toros, se enamoró de él Medea. Esta, hija de Eetes y de Idía (hija a su vez de Océano), era maga.

    Medea temía que los toros destrozaran a Jasón, por eso prometió ayudarle, a escondidas de su padre, a uncir los toros y a que obtuviera el vellocino, si juraba que la haría su mujer y que la llevaría navegando con él a Grecia. Una vez que Jasón lo juró, Medea le dio una pócima y le dijo que untara con ella el escudo, la lanza y el cuerpo cuando fuera a uncir a los toros. Le indicó que, untado con esta pócima, no podría ser dañado ni por el hierro ni por el fuego durante un solo día. Le especificó también que, una vez que sembrara los dientes, nacerían de la tierra unos hombres armados contra él, a quienes debía lanzarles, cuando los viera apiñados, una piedra en medio y que podría matarlos cuando empezaran a luchar unos contra otros por la piedra.

    Después de escuchar esto, Jasón se untó con la pócima, llegó al recinto sagrado del templo y comenzó a buscar a los toros. Cuando estos se lanzaron contra él con bocanadas de fuego, los unció. Sembró los dientes y surgieron de la tierra unos hombres armados. Una vez que Jasón los vio apiñados, lanzó disimuladamente unas piedras y, mientras los hombres armados luchaban entre sí por ellas, se acercó y les dio muerte.

    Pero, a pesar de que Jasón había uncido los toros, Eetes no le dio el vellocino. Este además se proponía quemar la nave Argo y matar a sus tripulantes. Pero Medea se adelantó: llevó por la noche a Jasón a donde estaba el vellocino y, tras adormecer con sus brebajes al dragón que lo vigilaba, se hizo dueña del vellocino y se dirigió en compañía de Jasón hacia la nave Argo. Su hermano Apsirto la acompañaba. Por la noche se hicieron a la mar junto con los Argonautas.

    Los Argonautas huyen de la Cólquide. Aventuras del viaje de regreso

    Cuando Eetes se enteró del atrevimiento de Medea, se lanzó a perseguir la nave. Pero Medea, al ver que se acercaba, mató a su hermano, lo troceó y lo arrojó al mar. Entonces Eetes, por reunir los trozos del niño, se quedó rezagado en la persecución. Por ello dio la vuelta, enterró las partes del niño que había salvado y llamó a este lugar Tomos. Después envió a muchos colcos en persecución de la nave Argo, bajo la amenaza de que si no le traían a Medea, sufrirían ellos el castigo reservado a esta. Así, cada cual se distribuyó por un sitio y dieron comienzo a la búsqueda.

    Cuando los Argonautas costeaban ya el río Erídano, Zeus, encolerizado con ellos por el asesinato de Apsirto, les envió una violenta tempestad y les hizo perder el rumbo. Mientras costeaban las islas Apsírtidas, la nave Argo dijo que la cólera de Zeus no cesaría si no se dirigían a Ausonia y eran purificados del asesinato de Apsirto por Circe. Así, tras atravesar por pueblos ligures y celtas y tras cruzar por el mar de Cerdeña, pasaron junto a Tirrenia y llegaron a la isla de Eea, donde le suplicaron a Circe y fueron purificados por esta.

    Cuando pasaron por la región de las Sirenas, Orfeo logró retener a los Argonautas entonando un canto contrario al de ellas. Solo Butes se lanzó hacia ellas, aunque Afrodita lo rescató y lo instaló en Lilibeo.

    Después de las Sirenas, la nave se encontró con Caribdis, Escila y las Rocas Errantes, por encima de las cuales podía verse cómo se elevaban densas bocanadas de fuego y humo. Pero Tetis, junto con las Neridas, a ruegos de Hera, condujo a la nave a través de ellas.

    Pasaron de largo por la isla Trinacia, donde se encuentran los rebaños de Helio, y llegaron a Corcira, la isla de los feacios, cuyo rey era Alcínoo. Los colcos, por su parte, no pudieron encontrar la nave Argo y se acabaron estableciendo unos en los montes Ceraunios y otros, trasladándose hacia la Iliria, colonizaron las islas Apsírtidas. Algunos de los colcos llegaron hasta la isla de los feacios, encontraron la nave Argo y le pidieron al rey Alcínoo que les devolviera a Medea. Entonces Alcínoo les respondió que si Medea ya había tenido relaciones con Jasón, se la entregaría a este, pero si aún era doncella, se la entregaría a su padre. Arete, la mujer de Alcínoo, se anticipó e hizo que Medea se uniera con Jasón. Por eso, los colcos acabaron asentándose entre los feacios, mientras que los Argonautas se hicieron a la mar con Medea.

    Mientras navegaban de noche, se encontraron con una terrible tempestad. Entonces Apolo, apostado en las cumbres Melantias, disparó una flecha al mar y esta resplandeció. Cuando los Argonautas vieron una isla cerca, anclaron en ella y la llamaron "Aparición", por haber aparecido inesperadamente. Levantaron un altar en honor de Apolo Resplandeciente, celebraron sacrificios e hicieron un festín. [...]

    Tras partir desde esa isla, Talo les impedía alcanzar las costas de Creta. Unos dicen que Talo era de la raza de bronce, otros dicen que Hefesto se lo había dado a Minos. Talo era un hombre de bronce, aunque otros dicen que era un toro; tenía una única vena que se extendía desde el cuello hasta los tobillos. Un clavo de bronce remataba el extremo de la vena. Talo vigilaba la isla de Creta corriendo alrededor de esta tres veces al día. Por ello, cuando vio que la Argo se acercaba navegando, le lanzó piedras. Pero engañado por Medea murió o, según dicen algunos, Medea lo volvió loco con una pócima. Según otros, Medea le prometió a Talo hacerlo inmortal, le sacó el clavo, se derramó todo el "icor" y Talo murió. Otros afirman que Talo murió alcanzado en el tobillo por las flechas de Peante.



    Llegada a Yolco. Venganza sobre Pelias

    Permanecieron en Creta una sola noche y atracaron luego en Egina con la intención de abastecerse de agua; entre ellos surgió rivalidad por extraer el agua. Desde allí navegaron entre Eubea y Lócride, y llegaron a Yolco, después de haber empleado en toda la travesía cuatro meses.

    Pelias, que había perdido la esperanza de que los Argonautas regresaran, quiso matar a Esón. Pero este, implorando su propia muerte mientras realizaba un sacrificio, bebió sin miedo la sangre del toro y murió. Sin embargo, la madre de Jasón maldijo a Pelias y, tras abandonar a su hijo, que aún no hablaba, se ahorcó. Después Pelias dio muerte al niño que aquella había abandonado.

    Cuando Jasón regresó, le entregó el vellocino a Pelias, pero con el deseo de vengar los agravios sufridos, esperó el momento oportuno. Navegó hacia el Istmo en compañía de los demás héroes y consagró la nave Argo a Posidón. Luego invitó a Medea a buscar cómo podría castigar a Pelias. Medea se acercó al palacio de Pelias y convenció a las hijas de este para que trocearan a su padre y lo cocieran, prometiéndoles que con un brebaje lo rejuvenecería. Y para que la creyeran, despiezó y coció un carnero, y a continuación lo convirtió en cordero. Entonces, las hijas de Pelias, confiadas, trocearon a su padre y lo cocieron. Acasto enterró a su padre, Pelias, con ayuda de los habitantes de Yolco y expulsó a Jasón y a Medea de Yolco.

    Desenlace de la relación entre Jasón y Medea

    Jasón y Medea llegaron a Corinto y vivieron felices durante diez años, hasta que Creonte, el rey de Corinto, le prometió a Jasón a su hija Glauce en matrimonio. Jasón despreció a Medea y se casó con Glauce. Entonces Medea, invocando a los dioses por los que había jurado Jasón y reprochándole a este su ingratitud, envió a la recién casada una túnica empapada con brebajes. Cuando Glauce se la puso, se consumió en un violento fuego junto con su padre, que había acudido en su ayuda. Además Medea mató a los hijos que había tenido con Jasón: Mérmero y Feres. Tomó de Helio un carro de dragones alados, huyó en él y llegó a Atenas [...] En Atenas Medea se casó con Egeo y dio a luz a un niño llamado Medo. Pero más tarde, por conspirar contra Teseo, fue expulsada de Atenas junto con su hijo Medo. Este, por su parte, logró dominar a muchos bárbaros y llamó Media a toda la región que estaba bajo su poder. Después marchó contra los indios y murió.

    Finalmente Medea llegó a la Cólquide como una desconocida y se encontró con que su padre Eetes había sido despojado del reino por Perses, hermano de este. Medea le dio muerte a Perses y restableció a su padre en el reino.

(Traducción de José Calderón Felices, Akal, Madrid, 1987; con modificaciones)

lunes, 25 de junio de 2018

PERSEO



    Seguimos el relato que ofrece Apolodoro (siglo I o II d.C.) en su Biblioteca mitológica (libro II, 34 y siguientes):


El oráculo


            Cuando Acrisio le preguntó al oráculo sobre el nacimiento de hijos varones, el dios Apolo le respondió que de su hija nacería un niño que le daría muerte.

            Lleno de temor, Acrisio construyó bajo tierra una habitación de bronce y allí guardó a su hija Dánae. Sin embargo, según dicen algunos, a esta la sedujo Preto y de aquí surgió la querella entre Acrisio y Preto. Según aseguran otros, Zeus se transformó en una ráfaga de oro, se deslizó a través del techo hasta el seno de Dánae y se unió a ella.

            Cuando más tarde Acrisio se enteró de que de su hija había nacido Perseo, no se creyó que hubiera sido seducida por Zeus. Puso en un arca a su hija junto con el niño y los arrojó al mar. 


Perseo y la cabeza de Medusa


            En cuanto el arca llegó a la isla de Sérifos, Dictis los sacó de ella y se encargó de la crianza del niño. El hermano de Dictis, Polidectes, que era entonces el rey de Sérifos, se enamoró de Dánae. Al no poder tener relaciones con ella, ya que Perseo era ya un hombre, convocó a sus amigos y con ellos también a Perseo, y les dijo que reuniesen regalos para la boda de Hipodamía, la hija de Enómao. Perseo dijo que no rechazaría esta invitación ni aunque tuviera que traer la cabeza de la Gorgona. Así que Polidectes les pidió caballos a los demás, pero no aceptó los caballos de Perseo: a este le ordenó que trajese la cabeza de la Gorgona.



Las Fórcides y las Ninfas


            Perseo, guiado por Atenea y Hermes, fue al encuentro de las Fórcides: Enio, Pefredo y Dino. Estas eran hijas de Ceto y de Forcis; eran hermanas de las Gorgonas y viejas desde su nacimiento. Tenían las tres un solo ojo y un solo diente y, por turnos, se lo pasaban de una a otra. Perseo les arrebató el ojo y el diente. Cuando las Fórcides se lo pidieron, les dijo que se los devolvería si le indicaban cuál era el camino que conducía a las Ninfas, las cuales tenían unas sandalias aladas y la kíbisis, que era una especie de zurrón. […] Las Ninfas tenían además el casco de Hades.

            Cuando las Fórcides le mostraron el camino, les devolvió el diente y el ojo. En cuanto llegó a presencia de las Ninfas, consiguió los objetos que buscaba. Se colgó la kíbisis, se ajustó las sandalias aladas a los tobillos y colocó sobre su cabeza el casco de Hades, con el que podía ver a los que quería sin que él fuera visible al resto. A su vez Hermes le entregó una hoz de acero.


Perseo decapita a Medusa


            Perseo llegó volando hasta el Océano. Allí sorprendió a las Gorgonas durmiendo. Las Gorgonas eran Esteno, Euríale y Medusa, que era la única mortal (por eso Perseo fue enviado en busca de su cabeza). Las Gorgonas tenían la cabeza rodeada de escamosas espirales de serpientes, grandes dientes como de jabalíes, manos de bronce y unas alas de oro, con las que volaban. A los que miraban los convertían en piedra.

            Así pues, Perseo se colocó junto a ellas mientras dormían. Mientras la diosa Atenea guiaba su mano, Perseo dirigió su mirada hacia el escudo de bronce en el que veía reflejada la imagen de la Gorgona y logró decapitarla. Cuando Perseo le cortó la cabeza, surgieron de la Gorgona el caballo alado Pegaso y Crisaor, el padre de Geriones. Estos habían sido engendrados por Posidón. Entonces Perseo metió en la kíbisis la cabeza de la Gorgona y emprendió el regreso. Pero las Gorgonas despertaron de su sueño y empezaron a perseguirlo, sin embargo, no lo podían ver gracias al casco que lo hacía invisible.




Perseo y Andrómeda


            Cuando llegó a Etiopía, donde reinaba Cefeo, se encontró a la hija de este abandonada como presa para un monstruo marino. Pues Casiopea, la esposa de Cefeo, había competido en belleza con las Nereidas y se jactaba de ser superior a todas ellas. Por eso se habían encolerizado las Nereidas. Y Posidón, que compartía su indignación, envió una inundación y un monstruo contra la comarca. No obstante, el dios Amón vaticinó que se verían libres de la calamidad si la hija de Casiopea, Andrómeda, era ofrecida como alimento al monstruo. Cefeo fue obligado por los etíopes a hacer tal cosa y encadenó a su hija a una roca.

            Al verla, Perseo se enamoró de ella y le prometió a Cefeo que acabaría con el monstruo si, una vez que Andrómeda estuviese a salvo, se la daba por esposa. Tras realizar los debidos juramentos en estos términos, Perseo se enfrentó al monstruo, le dio muerte y liberó a Andrómeda.

            Entonces Fineo, que era hermano de Cefeo y estaba prometido con anterioridad a Andrómeda, tramó un complot contra Perseo. Perseo tuvo conocimiento de este plan, le mostró a Fineo y a sus cómplices la cabeza de la Gorgona y al instante los convirtió a todos en piedra.




Regreso a Sérifos


            Cuando Perseo regresó a Sérifos, se encontró con que su madre, junto con Dictis, se había refugiado en los altares debido a la violencia de Polidectes. Así que entró en el palacio donde Polidectes había convocado a sus fieles, se dio la vuelta y les mostró la cabeza de la Gorgona. En cuanto la miraron, quedaron petrificados, en la postura que cada uno tenía en ese momento. Tras poner a Dictis como rey de Sérifos, le devolvió a Hermes las sandalias, la kíbisis y el casco, pero la cabeza de la Gorgona se la dio a Atenea. Hermes les devolvió esos objetos a las Ninfas, mientras que Atenea colocó en el centro de su escudo la cabeza de la Gorgona. Algunos dicen que Medusa fue decapitada por causa de Atenea, pues esta Gorgona había pretendido rivalizar en belleza con ella.


Cumplimiento del oráculo


            Perseo, en compañía de Dánae y de Andrómeda, se dirigió rápidamente hacia Argos para ver a Acrisio. Pero cuando este se enteró de que Perseo venía, temeroso del oráculo, abandonó Argos y se encaminó al país de los pelasgos. Teutámidas, rey de Larisa, había organizado un certamen atlético en honor de su padre muerto, y Perseo también acudió con el propósito de participar en él. Cuando competía en el pentatlo, Perseo le fue a dar con el disco en el pie a Acrisio y al punto le causó la muerte. Entonces se dio cuenta de que se había cumplido el oráculo y enterró a Acrisio fuera de la ciudad. Perseo sintió reparos de regresar a Argos por la herencia de un hombre que había muerto por su causa, así que se dirigió a Tirinte junto a Megapentes, el hijo de Preto. Con este hizo un cambio y le entregó el reino de Argos. Por eso Megapentes reinó sobre los de Argos y Perseo en Tirinte, tras haber fortificado Midea y Micenas.

            Perseo tuvo hijos de Andrómeda. Antes de haber ido a Grecia, tuvo a Perses, al que dejó con Cefeo (de Perses se dice que descienden los reyes de Persia). En Micenas tuvo a Alceo, Esténelo, Heleo, Méstor y Electrión, y una hija, Gorgófone, a quien tomó por esposa Perieres.

(Trad. de José Calderón Felices, Akal, Madrid, 1987; con modificaciones)

miércoles, 15 de febrero de 2017

EL REY MIDAS



    El siguiente relato se encuentra en las Metamorfosis (libro XI, versos 85 - 145), obra del poeta latino Ovidio (43 a. C. - 17 d. C.)

 Baco deja además aquellos campos y, acompañado de mejor séquito, se encamina a los viñedos del monte Tmolo y al río Pactolo, aunque este no era entonces un río aurífero ni despertaba envidias por sus codiciadas arenas.

    Acompaña al dios Baco el habitual cortejo de sátiros y de bacantes, pero falta Sileno. Tambaleándose por los años y por el vino, lo apresaron unos campesinos frigios y, atado con guirnaldas, lo llevaron ante el rey Midas, a quien el tracio Orfeo y el ateniense Eumolpo habían iniciado en los misterios del dios Baco.

    En cuanto el rey Midas reconoció a Sileno, amigo y compañero de juegos, festejó alegremente su llegada durante diez días seguidos y sus correspondientes noches. Ya por undécima vez el lucero del alba había arreado el rebaño celestial de estrellas, cuando el rey Midas va a los campos de Lidia y hace entrega de Sileno a su joven pupilo, el dios Baco.


    Baco, contento por haber recobrado a su ayo, le concedió al rey Midas la agradable, pero peligrosa facultad de pedir un regalo. Midas, que habría de hacer mal uso de tal regalo, le dice: "Haz que todo lo que toque con mi cuerpo se convierta en oro". Asintió Baco a su petición y le concedió aquel dañino regalo, y se lamentó de que no hubiera pedido algo mejor.

    El rey Midas se va contento, y, recreándose en su mal, comprueba la veracidad de lo prometido tocando una cosa tras otra. Casi no daba crédito. Arrancó de una baja encina una ramita de hojas verdes y la ramita se hizo de oro. Levanta del suelo una piedra; también la piedra amarilleó de oro. Tocó un terrón; a su mágico contacto el terrón se transforma en un lingote de oro. Segó unas espigas secas de la diosa Ceres; de oro era aquella cosecha. Coge una fruta arrancándola de un árbol; dirías que es una manzana de oro de las Hespérides. Si acerca sus dedos a las altas puertas, las puertas parecen despedir rayos. Y después de lavarse las manos en cristalinas aguas, el agua que se escurre de sus manos, convertida en oro, podría engañar a Dánae. Apenas puede dar cabida en su mente a sus cálculos, al imaginarlo todo de oro.

Resultado de imagen de oro

    Feliz, le prepararon sus criados la mesa, donde se apilan los manjares y no falta el trigo tostado. Y entonces, si con su mano tocaba el pan, don de Ceres, este se endurecía. Si iba a morder los manjares con ávidos dientes, una dorada lámina recubría los alimentos al acercarles los dientes. Había mezclado con agua pura el vino, regalo de Baco; podía verse fluir como oro fundido por la comisura de sus labios.

    Sorprendido por lo insólito de su desgracia, rico y desdichado, desea escapar de sus riquezas y odia lo que un poco antes deseaba. Ningún banquete alegra su hambruna; una sed reseca abrasa su garganta y el oro, ahora aborrecido, lo tortura. Y levantando al cielo manos y brazos resplandecientes, dice: "Perdóname, Baco. He cometido una falta, pero ten piedad, te lo suplico, y líbrame de este castigo disfrazado de regalo".

    El poder de los dioses es benévolo. Baco restablece a quien confiesa su falta y anula el regalo que, fiel al pacto, había concedido. Y le dice a Midas: "Para no seguir recubierto de ese oro que para tu desgracia deseaste, vete al río vecino de la gran Sardes. Remonta su curso por las alturas de su orilla y llega hasta el nacimiento del río. Sumerge tu cabeza en ese espumoso manantial, donde más abundante mana, y lava a la vez tu cuerpo y tu falta".

    El rey Midas obedeció y se sumergió en el agua. El poder del oro tiñó el río y del cuerpo de Midas pasó a las aguas. Aún hoy día, recibida ya la semilla del antiguo filón, están los campos endurecidos por el oro y amarillos sus húmedos terrones. 

(Trad. de A. Ramírez de Verger y F. Navarro Antolín, Alianza, Madrid, 1998; con modificaciones)

jueves, 26 de marzo de 2015

NARCISO Y ECO

    El siguiente relato se encuentra en las Metamorfosis (Libro III, versos 339 - 510), obra del poeta latino Ovidio (43 a. C. - 17 d. C.)

    Tiresias, el adivino más famoso de todas las ciudades de la región griega de Beocia, daba respuestas infalibles a las personas que iban a consultarlo. Quien primero puso a prueba la credibilidad y la veracidad de sus predicciones, fue la azulada Liríope. A esta el río Cefiso la envolvió un día en su ondulada corriente y, haciéndola cautiva de sus aguas, la fecundó. De su abultado vientre, la hermosa ninfa Liríope dio a luz un niño que ya entonces hubiera podido ser amado, y le llamó Narciso.

    Liríope consultó a Tiresias sobre su hijo, a ver si este llegaría a ver los largos días de una vejez avanzada. El profético adivino respondió: "Solo si no llega a conocerse". Durante años la predicción del adivino pareció vana, pero el desenlace de los acontecimientos, el tipo de muerte y lo inaudito de la locura probaron la veracidad del oráculo.

    En efecto, Narciso, el hijo del río Cefiso, ya había añadido un año más a los quince y podía parecer lo mismo un niño que un joven. Muchos jóvenes, muchas doncellas lo desearon, pero ningún joven ni ninguna muchacha le tocaron el corazón (tan dura soberbia había en aquella tierna belleza).

    Un día, cuando conducía hacia unas redes a unos ciervos espantados, lo vio una ninfa vocinglera que no sabe callar cuando le hablan ni hablar ella misma la primera, la resonante Eco. Aún tenía cuerpo Eco, no solo voz. Así y todo, la charlatana no usaba su voz de manera distinta a como hace ahora, de manera que repetía, de entre muchas palabras, solo las últimas. La diosa Juno era la que le había hecho esto, porque Eco la entretenía con su verborrea cuando la diosa hubiera podido sorprender a su marido Júpiter con las ninfas en el monte. Gracias a la labor de Eco, las ninfas podían huir. Cuando Juno, hija de Saturno, se dio cuenta, le dijo: "Puesto que me has engañado con la lengua, se te reducirá la facultad de hablar y el uso de tu voz se abreviará al máximo". Y con los hechos, la diosa cumplió sus amenazas. Así, Eco repite el final de las frases y devuelve las palabras que ha oído.

    Pues bien, una vez que Eco vio a Narciso andando por apartados campos, se enamoró de él y sigue sus pasos a escondidas.  Cuanto más lo sigue, más intensa es la llama de amor que la abrasa, igual que cuando el azufre vivo, untado al extremo de las antorchas, se inflama al contacto de la llama. ¡Cuántas veces quiso Eco acercarse con palabras zalameras y dirigirle cariñosas súplicas! Pero su naturaleza se lo impide, pues no puede empezar a hablar. Pero está dispuesta a hacer lo que sí se le permite: esperar sonidos a los que devolver sus palabras.




    Quiso la casualidad que Narciso, apartado del grupo de sus fieles compañeros, gritara: "¿Hay alguien?", y que "alguien" le respondiera Eco. Narciso se queda atónito, mira a todas partes y grita con voz potente: "¡Ven!". Y ella repite lo mismo: "¡Ven!". Vuelve él a mirar y como no venía nadie, dijo: "¿Por qué huyes de mí?", y escuchó las mismas palabras que había pronunciado. Narciso se detuvo y, engañado por la ilusión de una voz que contestaba, exclamó: "¡Aquí, reunámonos!", y Eco, que jamás respondería con más gusto a ningún otro sonido, repitió: "Unámonos". Eco, haciendo caso de sus propias palabras, salió de la espesura del bosque y se encaminaba a echar sus brazos en el cuello deseado. Pero Narciso huye, y mientras huye, dice: "¡Quita esas manos, no me abraces! ¡Antes prefiero morir que ser abrazado por ti!". Eco no repitió más que: "Abrazado por ti". Rechazada, se esconde en la espesura y, llena de vergüenza, se cubre el rostro con ramas y desde entonces vive en cuevas solitarias. Pero aun así, pervive el amor y hasta crece con el dolor del rechazo. El insomnio y la pena adelgazan el cuerpo de la desgraciada Eco; su piel, demacrada, se arruga y el vigor de su cuerpo se esfuma. Solo quedan sus huesos y su voz. Su voz perdura. Dicen que sus huesos adoptaron la forma de una piedra. Desde entonces se oculta en el bosque y no se la ve por los montes. Pero todo el mundo la oye; un sonido es lo que sobrevive de ella.

    Así había despreciado Narciso a Eco. Este también rechazó a otras ninfas nacidas en las aguas o en los montes, también rechazó la compañía masculina. Entonces, uno de los que habían sido rechazados, levantando sus manos al cielo, suplicó: "Ojalá que él tenga la misma experiencia, que no consiga el objeto de su deseo". Némesis, la diosa de la venganza, prestó oídos a esta justa súplica.

    Había una fuente cristalina, con aguas transparentes y plateadas. Los pastores y las cabras que pastan en el monte jamás habían tocado dicha fuente, ni ningún otro ganado. Ningún pájaro ni fiera la habían enturbiado, ni la rama caída de un árbol. Alrededor de la fuente crecía la hierba, alimentada por la humedad cercana. También crecía una espesura que jamás permitirá que aquel paraje se caliente con los rayos del sol. Aquí vino a tumbarse Narciso, fatigado por la pasión de la caza y por el calor, buscando tanto la belleza del lugar como el agua de la fuente. Y mientras calmaba su sed en las aguas de la fuente, nació otra sed. Y mientras bebe, se siente cautivado por la belleza que está viendo reflejada en el agua. Empieza a amar una esperanza sin cuerpo. Cree que es cuerpo lo que es agua. Se extasía ante sí mismo y, sin moverse ni mudar el semblante, permanece rígido, como una estatua tallada con mármol de Paros. Apoyado en la tierra, contempla sus ojos, estrellas gemelas, sus cabellos, dignos del dios Baco y del dios Apolo, sus suaves mejillas, su cuello blanco como el marfil, la gracia de su boca y el rubor que se mezcla con una nívea blancura. Admira todo aquello que lo hace admirable.

    
    Se desea a sí mismo sin saberlo. Elogiando, se elogia. Cortejando, se corteja. A la vez que enciende la pasión, arde. ¡Cuántas veces dio vanos besos a la fuente engañadora! ¡Cuántas veces sumergió sus brazos para acariciar el cuello que veía en medio de las aguas y no consiguió tocarlo! No sabe qué es lo que ve, pero lo que ve lo hace arder de amor. La misma ilusión que engaña sus ojos, los encandila. Crédulo, ¿para qué intentas, en vano, atrapar fugitivas imágenes? Lo que buscas, no existe. En cuanto a lo que amas, apártate y lo perderás. Esa sombra que estás viendo es el reflejo de tu imagen. No tiene una entidad propia, contigo vino y contigo permanece. Y contigo se alejará, si tú pudieras alejarte.

    Ni la idea del alimento de Ceres ni la del sueño pueden arrancarlo de allí. Al contrario, tumbado sobre la sombreada hierba, contempla con ojos insaciables la engañosa imagen, y se muere por sus propios ojos. Se incorpora un poco, extiende sus brazos a los bosques que lo rodean y dice: "¿Acaso alguien, selvas, ha amado con mayor sufrimiento? Sin duda lo sabréis, pues habéis sido para muchos el escondite oportuno. ¿Acaso, puesto que habéis vivido tantos siglos, recordáis en todo este largo tiempo a alguien que se haya consumido así? Me gusta y lo veo. Pero lo que veo y me gusta, no puedo conseguirlo. Tan gran confusión encierra mi amor. Y para mayor sufrimiento, no nos separa el ancho mar ni un largo camino ni montes ni muros con sus puertas cerradas. Un poco de agua se interpone. Él ansía mi abrazo, porque todas las veces que les doy besos a las cristalinas aguas, él se esfuerza por juntar sus labios. Creerías que es posible juntarnos, tan pequeño es el obstáculo a nuestro amor. Quienquiera que seas, sal aquí. ¿Por qué, muchacho sin igual, escapas de mí? ¿Adónde huyes cuando te cortejo? Ni mi aspecto ni mi edad son como para que me rehúyas, pues hasta las ninfas me han amado. Cierta esperanza me prometes con tu semblante amistoso y, cuando yo te alargo los brazos, los alargas tú también. Cuando te sonrío, me sonríes. Muchas veces he notado que tenías lágrimas cuando yo lloraba. Con las señas de tu cabeza respondes a las mías. Según puedo conjeturar por el movimiento de tus labios hermosos, contestas palabras que no llegan a mis oídos. ¡Ese soy yo! Me he dado cuenta, mi reflejo ya no me engaña más. Ardo en amores por mí mismo. Yo provoco las llamas que sufro. ¿Qué hago? ¿De cortejado o de cortejador? ¿Y cómo voy a cortejar? Lo que deseo está en mí. Mi riqueza me ha hecho pobre. ¡Ojalá pudiera separarme de mi cuerpo! Deseo inaudito de un enamorado, pues quiero que esté lejos lo que amo. Pero ya el dolor me quita fuerzas, no me queda largo tiempo de vida y en mi primavera muero. Y no es dura la muerte para mí, pues la muerte aliviará mis penas. Me gustaría que viviera más ese al que adoro. Pero ahora los dos, unidos de corazón, moriremos en un solo aliento".

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    Así habló, y en su locura volvió a contemplarse la cara, y con sus  lágrimas enturbió la fuente, y, al removerse el agua, la imagen se desvaneció. Al verla borrarse, dijo: "¿Adónde huyes? Espera, no me abandones, cruel, que yo te amo. Que pueda yo al menos contemplar lo que no puedo tocar, y así dar pábulo a mi desdichada locura".

    Y mientras así se lamentaba, rasgó el vestido desde el borde superior y se golpeó el pecho desnudo con sus manos blancas como el mármol. El pecho con los golpes cobró un rubor sonrosado, tal como hacen las manzanas que, blancas por una parte, enrojecen por otra, o como suele hacer la uva aún no madura, que toma un color purpúreo en sus racimos multicolores. Apenas vio esto en el agua, de nuevo cristalina, no lo soportó más, sino que, como suele fundirse la amarilla cera a fuego lento, o la escarcha de la mañana con el sol naciente, así se deshace él, consumido por el amor. Poco a poco va siendo devorado por ese fuego oculto.Ya va desapareciendo aquel color mezcla de blancura y rubor, y aquel vigor, aquella lozanía y aquellos encantos que poco antes le gustaba ver. Ya no existe ese cuerpo que un día amó la ninfa Eco.

    Sin embargo, cuando Eco lo vio, aunque irritada y resentida, se compadeció, y todas las veces que el desdichado Narciso decía "¡ay!", ella repetía con su voz resonadora "¡ay!". Y cuando aquel se golpeaba el pecho con las manos, también ella devolvía idéntico sonido de golpes. Las últimas palabras de Narciso al contemplarse una vez más en el agua fueron las siguientes: "¡Ay, muchacho amado en vano!", palabras que repitió el paraje. Y cuando Narciso dijo "adiós", "adiós" dijo también Eco.

 

    Agotado, Narciso dejó caer su cabeza sobre la verde hierba. La muerte cerró aquellos ojos que admiraban la belleza de su propio dueño. Aun entonces, cuando fue recibido en los infiernos, seguía contemplándose en la laguna Estigia. Lo lloraron sus hermanas las náyades y le ofrecieron a su hermano sus cabellos cortados. Lo lloraron las dríades; a los lamentos de estas responde también Eco. Y para su funeral le prepararon la pira, las antorchas y las andas..., pero el cuerpo de Narciso no aparecía. En su lugar encuentran una flor amarilla que tiene pétalos blancos alrededor de su cáliz.


(Traducción de A. Ramírez de Verger y F. Navarro Antolín, Alianza Editorial, Madrid, 1998; con modificaciones)

martes, 24 de marzo de 2015

PIGMALIÓN

    Hallamos el siguiente relato en las Metamorfosis (Libro X, versos 243 - 297), del poeta latino Ovidio (43 a. C. - 17 d. C.)

    Pigmalión vivía soltero, sin esposa. No tenía desde hacía ya mucho tiempo una compañera de lecho. Entretanto, esculpió con un arte admirable una estatua de blanco marfil, dándole una belleza ideal, con la que ninguna mujer puede nacer. Y llegó a enamorarse de su propia obra. El rostro de la estatua es de una auténtica doncella, pensarías que vive y, si no lo impidiera el pudor, que quiere moverse. Hasta tal punto el arte se oculta en su propio arte.


    Pigmalión admira su obra y siente en su pecho el fuego del amor por un cuerpo ficticio. Muchas veces acerca sus manos para palpar su obra, para ver si aquello es cuerpo o marfil, sin querer reconocer que solo es marfil. Le da besos creyendo que se los devuelve, le habla, la sujeta y cree que sus dedos agarran los dedos que la tocan, incluso teme que se le amoraten las carnes cuando las aprieta. Unas veces le hace carantoñas, otras veces le lleva los regalos que gustan a las jóvenes: conchas, piedras redondeadas, pequeños pájaros, flores de mil colores, lirios, pelotas pintadas y lágrimas caídas del árbol de las Helíades. También adorna su cuerpo con vestidos. Pone piedras preciosas en sus dedos, pone largos collares en su cuello, de sus orejas hace colgar delicados pendientes, de su pecho cuelga cadenillas. Todo le sienta bien. Pero desnuda no le parece menos hermosa. La coloca en una cama con una colcha teñida de púrpura, la llama compañera de lecho y, reclinándole el cuello, la coloca entre blandas plumas, como si las fuera a sentir.

    Había llegado la fiesta de Venus, el día más celebrado de toda la isla de Chipre. Le habían hecho a Venus un sacrificio de novillas con los cuernos cubiertos de oro; humeaba el incienso ofrecido a la diosa, cuando Pigmalión, una vez cumplido el rito de la ofrenda, se detuvo ante el altar y tímidamente suplicó: "Si podéis, dioses, concederlo todo..., deseo que sea mi esposa...", y sin atreverse a decir: "la doncella de marfil", dijo: "igual que la de marfil".
 

    La dorada Venus, que asistía en persona a sus propias fiestas, entendió qué pretendían aquellas súplicas y, para mostrar que era una diosa benefactora, encendió la llama tres veces y elevó su punta por el aire.

    Cuando volvió a casa, Pigmalión fue a buscar la estatua de su amada y, reclinándose sobre la cama, la besó. Le pareció que estaba templada. Acercó de nuevo sus labios, palpó también su pecho con las manos:  el marfil que tocaba se ablandó y quedó sin rigidez bajo sus dedos, cedió ante ellos igual que la cera del monte Himeto se reblandece bajo el sol y, tocada por el pulgar, se cambia en muchas formas adquiriendo utilidad por el mismo uso.

    Mientras se queda estupefacto, medio se alegra y teme engañarse. De nuevo, enamorado, vuelve a tocar con la mano a la que es objeto de su deseo. Era un cuerpo: laten las venas palpadas por el pulgar. Y entonces Pigmalión, el héroe de Pafos, pronuncia palabras muy elocuentes para dar las gracias a Venus. Finalmente con su boca tocó otra boca que ya no era falsa. La doncella sintió los besos que le daba, se ruborizó y, levantando sus tímidos ojos hacia los de Pigmalión, vio a su enamorado a la vez que el cielo.

    La diosa Venus organizó la boda y asistió a ella. Y, una vez que los cuernos de la luna se unieron nueve veces en un ciclo completo, la doncella de Pigmalión engendró a Pafos, de quien toma nombre la isla.

(Traducción de A. Ramírez de Verger y F. Navarro Antolín, Alianza Editorial, Madrid, 1998; con modificaciones)

PÍRAMO Y TISBE

    El siguiente relato aparece recogido en las Metamorfosis (Libro IV, versos 55 - 166 ) del poeta latino Ovidio (43 a. C. - 17 d. C.)

    Píramo era el joven más bello de todos. Tisbe era la más hermosa de las jóvenes de oriente. Ambos vivían en casas cercanas en Babilonia, ciudad que Semíramis, según se cuenta, había rodeado de murallas de adobe. La cercanía de sus casas les hizo conocerse y dar los primeros pasos. Con el tiempo creció el amor, y se habrían unido en legítimo matrimonio, pero se opusieron sus padres. Sin embargo, los corazones de ambos ardían de amor por igual, y a eso sus padres no se podían oponer.

    Nadie lo sabía, pero ellos se hablaban por señas y gestos. El fuego del amor, cuanto más se ocultaba, más ardía. Una pared medianera de ambas casas tenía una pequeña grieta que se había producido hacía tiempo, cuando la casa se construía. Nadie se había dado cuenta de ese desperfecto en muchos años, pero vosotros, enamorados, fuisteis los primeros en verlo (¿de qué no se da cuenta el amor?). Gracias a esa grieta abristeis un camino para vuestra voz y por allí solían atravesar seguras en leve murmullo vuestras tiernas palabras.
 

    Con frecuencia, cuando Tisbe estaba a un lado de la pared, y Píramo al otro, y habían notado mutuamente la respiración de sus bocas, decían: "¿Por qué te interpones entre los enamorados, pared envidiosa? ¿Qué te cuesta dejar que nos encontremos o abrirte, al menos, para que podamos besarnos? Pero no somos desagradecidos, reconocemos que te debemos que nuestras palabras lleguen a oídos de la persona amada".

    Después de hablar así desde lados diferentes, al anochecer se dijeron adiós y cada uno, en su parte, dio besos que no llegaron al otro lado. La aurora del día siguiente había apartado los fuegos de la noche y el sol había secado con sus rayos las hierbas cubiertas de rocío: los amantes se reunieron en el lugar habitual. Entonces, tras lanzar muchos lamentos en voz baja, deciden engañar a sus guardianes en el silencio de la noche, intentar salir de casa y, fuera ya de sus hogares, abandonar también la ciudad. Para no perderse yendo por anchos campos, deciden reunirse junto al sepulcro de Nino y ocultarse a la sombra de un árbol. Allí había un árbol lleno de blancos frutos, un alto moral, que estaba al lado de una helada fuente. Los dos amantes aprueban ese plan.

    La luz del día, que les pareció lenta en alejarse, se sumergió en las aguas y de las aguas salió la noche. Astuta en medio de la oscuridad, Tisbe hace girar la bisagra de la puerta de su casa, sale, engaña a los suyos, con la cara cubierta llega al sepulcro de Nino y se sienta bajo el árbol, según habían acordado. El amor la hacía atrevida. He aquí que llega una leona con el hocico lleno de espuma y manchado de sangre, de la reciente matanza de unos bueyes. La leona iba a saciar su sed en el agua de la vecina fuente. La babilonia Tisbe vio a la leona de lejos bajo los rayos de la luna y huyó, asustada, a refugiarse en una oscura cueva. Mientras huía, se le cayó un velo. 

    Cuando la cruel leona aplacó la sed con agua abundante, de regreso al bosque se encontró casualmente con el fino velo que se le había caído a Tisbe y lo despedazó con su boca ensangrentada. Píramo salió de casa más tarde. Cuando llegó al lugar acordado, vio en el espeso polvo las huellas seguras de una fiera y su rostro se puso pálido. Pero cuando encontró la prenda teñida de sangre, dijo: "Una sola noche perderá a dos enamorados. De los dos, ella merecía una vida más larga. Mi alma es culpable. Yo, desdichada Tisbe, te he perdido, yo, que te invité a venir de noche a lugares llenos de miedo y no llegué antes aquí. Despedazad mi cuerpo y devorad mis entrañas criminales con fieros mordiscos, leones, quienesquiera que seáis los que habitáis bajo esta roca. Pero es un cobarde quien desea la muerte".

    Píramo levanta el velo de Tisbe, lo lleva consigo bajo el árbol acordado y derramando abundantes lágrimas y besando la conocida prenda, dice: "Recibe ahora también la bebida de mi sangre". La espada que llevaba a su cintura la clavó en su vientre y sin tardanza se la arrancó, moribundo, de la reciente herida y quedó tendido boca arriba en el suelo. La sangre salió despedida hacia arriba, como cuando en un plomo defectuoso se abre una hendidura y sale un largo chorro por un agujero estrecho y estridente rasgando el aire con sus golpes. Los blancos frutos del árbol, con las salpicaduras de sangre, se vuelven de aspecto oscuro y la raíz humedecida de sangre les da color a las moras que cuelgan ahora del color de la púrpura.

    Tisbe, sin estar aún repuesta del miedo, vuelve al árbol para no defraudar a su amado. Busca al joven con sus ojos y con su corazón. Desea contarle el peligro tan grande del que ha escapado. Pero, aunque reconoce el lugar y la forma del árbol que ha visto, el color del fruto la hace dudar: no sabe si este es el árbol. Mientras duda, ve temblorosa unos miembros palpitar en el suelo ensangrentado, retrocedió y con la cara más pálida que el boj quedó horrorizada, como la llanura del mar que tiembla cuando una breve brisa roza por su superficie. Una vez que se detuvo, reconoció a su amado, se golpeó sus brazos sin merecerlo entre grandes lamentos, se arrancó el cabello, abrazó el cuerpo amado, llenó de lágrimas sus heridas, mezcló el llanto con su sangre y, clavando sus besos en el rostro frío de su amado, gritó: "Píramo, ¿qué desgracia te ha separado de mí? ¡Píramo, responde! Tu amada Tisbe, querido, te llama por tu nombre. Escúchame y levanta tu cabeza del suelo". 

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    A la llamada de Tisbe, Píramo levantó sus ojos ya pesados por la muerte, la miró y los volvió a cerrar. Cuando Tisbe reconoció su prenda y vio la vaina de marfil sin la espada, exclamó: "Tu propia mano y el amor te han perdido, desgraciado. Yo también tengo una mano fuerte para esto, también tengo amor. El amor me dará fuerzas para herirme. Te seguiré y se dirá que soy causa y compañera de tu muerte. ¡Ay! Solo con la muerte pudieron separarte de mí, ... pero ni con la muerte te separarán de mí. Pero las palabras de los dos os pedirán esto, desdichados padres míos y de este: que no veáis mal que sean sepultados en la misma tumba aquellos a los que unió un fiel amor hasta la muerte. Y tú, árbol que con tus ramas cubres ahora el cuerpo de uno solo y pronto cubrirás el de los dos, conserva las señales de la muerte y ten siempre frutos negros, apropiados para el luto en memoria de nuestra doble sangre".


    Así habló, y con la punta de la espada debajo de su pecho, cayó sobre el hierro todavía tibio por la muerte anterior. Y sus súplicas llegaron a los dioses y llegaron a sus padres, pues el color del fruto, cuando lo hay, es negro, y las cenizas de ambos amantes descansan en una sola urna.

(Traducción de A. Ramírez de Verger y F. Navarro Antolín, Alianza Editorial, Madrid, 1998; con modificaciones)